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Canarias, una estación en su leyenda

Texto del periodista Salvador García Llanos, correspondiente a su presentación del libro "Viajeros por sol, playa... y descanso", original de Nicolás González Lemus, celebrada el 28 de noviembre.

Tomado de la canción de Lennon y McCartney, Paperback writer, traducido como Escritor de libros de bolsillo: “Estimado señor o señora: ¿querrá usted leer mi libro? Me ha costado años escribirlo, ¿querrá echarle un vistazo?”.

Una frase de sir Winston Churchill: “No dejéis el pasado como pasado porque pondréis en riesgo vuestro futuro”.

Y una afirmación de Agatha Christie: “Aprendí que no se puede dar marcha atrás, que la esencia de la vida es ir hacia adelante. La vida, en realidad, es una calle de sentido único”.

Con VIAJEROS por sol, playa… y descanso, Nicolás González Lemus acredita lo que ya sabíamos, que no es un escritor de libros de bolsillo. Porque no ha querido dejar el pretérito inmóvil y porque se ha empeñado, esencialmente, en avanzar por esa vía de la búsqueda, de la recuperación y de la investigación, a la que proporciona no sólo el rigor exigible al historiador sino la forma atrayente del relato descriptivo en el que es posible descubrir tantas cosas que estaban ahí, en el imaginario popular, difusas, dispersas y hasta desvirtuadas o desnaturalizadas, alimentando leyendas urbanas.

Por tales razones, el autor no es un Paperback writer, pues para eso ya ha escrito con este volumen, por seguir con la traducción de la composición, más de mil páginas de historia que puede alargar porque claro que gusta el estilo. Cuando Carmelo Rivero, en el mismo contexto ‘beatle’, le llamó ‘detective ilustrado’ seguramente apuntaba a la calidad de la plasmación de sus averigüaciones, siempre contrastadas con las pruebas de un trabajo concienzudo y comprometido que ha enriquecido pasajes o episodios de nuestra historia local más cercana, para que se hable de ella con fundamento y credibilidad.

Es que si no, casi todo hubiera quedado en los utilitarismos nostálgicos de las charlas, en los recursos de las conversaciones entre más o menos versados, en la plétora de inevitables añoranzas y en la inmensidad de la información/tradición oral manejada a conveniencia.

Estamos pues ante una nueva obra de alguien que va más allá de los libros de bolsillo. Lo había demostrado con cualquiera de sus entregas bibliográficas anteriores, una de ellas, por cierto, dedicada al papel que el turismo ha desempeñado en la historia del Puerto de la Cruz. Si esa fue una publicación necesaria para otorgar a ese sector productivo la trascendencia que realmente entraña en el devenir histórico del municipio, y para salvar tópicos y lugares comunes, como escribimos en su momento, el volumen que hoy presentamos reúne todos los elementos atractivos para conocer las peripecias y comprender las claves de las visitas de destacados personajes británicos que, ya afamados o en vías de batir récords de popularidad y de ingresos económicos, continuaban los vínculos del Reino Unido con el archipiélago canario.

“Ningún lugar de la tierra ha sido visitado tanto por tantos viajeros como las islas Canarias”, escribe el autor en la introducción del libro. Y esa afirmación, desmenuzada en los gtres capítulos y las doscientas cuarenta y una páginas siguientes, es la premisa del claro interés de los británicos por Canarias a lo largo de la historia, principalmente en los campos del comercio y del turismo. Ellos fueron, desde luego, los extranjeros que más difundieron las riquezas archipielágicas y sus excelencias climáticas: en efecto, en 1589, según puede leerse, se publica el primer texto fundacional de la literatura de viajes, en el que se cita ya a las islas.

Describe González Lemus la evolución del turismo a través de la mirada y experiencias de los viajeros más distinguidos y se centra en “tres” entrecomillados distinguidos ingleses, como figura en la portada: Agatha Christie, Winston Churchill y The Beatles. Alguna magia coincidente debe guardar el número: los protagonistas; los tres momentos distintos del desarrollo del turismo insular en que se producen sus visitas y porque fueron tres (John Lennon, según recomendación de Brian Epstein, el singular y omnipresente manager, prefirió Torremolinos y eso que había sugerido llevar las guitarras “pues acaso seamos capaces de hacer ‘swing’ para los canarios”), fueron tres -decíamos- los componentes del grupo que estuvieron en la isla. Si ese “tres” tiene más pliegues, que los explique el autor.

Las visitas de los personajes le sirven para describir la evolución en la especialización del turismo. Desde los inicios de éste en Canarias (fundamentalmente en el Puerto de la Cruz y Las Palmas de Gran Canaria), alumbrados u orientados por una minoría de científicos, aventureros y personas pudientes que viajaban a las islas para estudiar su orografía -principalmente el Teide, que gozaba de una gran consideración en Europa- y su climatología, así como para hacer lo que llamaríamos turismo terapéutico o de salud y descanso, dadas las bondades climáticas; hasta lo que hoy conocemos como turismo de masas, sector de la productividad económica, puramente vacacional, y al que pueden acceder todas las clases sociales.

Así pues, esa evolución permite distinguir, a juicio de González Lemus, entre el turismo inicial de descanso y sanación de enfermedades, de excursión para explorar la Naturaleza (lo que denomina turismo temprano o prototurismo, siglo XVIII) y el turismo contemporáneo que se desarrollaría principalmente en la segunda mitad del siglo XX.

El historiador detalla también la evolución de la sociedad isleña y la influencia que tuvieron los británicos, hasta el punto de querer cambiar en un determinado momento algunas costumbres de las localidades o zonas con más turistas y residentes del Reino Unido, como tomar té o beber ginebra o escocés, y la potenciación de actos culturales, recreativos y festejos para “atrapar” (hoy se diría fidelizar) a los turistas.

El avance de las infraestructuras y del transporte en las islas también se vislumbra en este volumen, donde el autor enfatiza en la importancia del turismo como dinamizador de la actividad social y económica, incluso en los años más complicados como los que siguieron a la guerra incivil.

Téngase en cuenta, por ejemplo, lo que ocurría con los alojamientos. En el siglo XVII no los había para los extranjeros y debían dormir en ventas o en casas de alquiler. Y ya en el siglo XX, en la eclosión de los años 60, muchas casas particulares fueron reconvertidas durante la denominada temporada alta para acoger a los turistas que no encontraban plaza en hoteles y residencias.

Así que nuestros “tres” distinguidos ingleses adquirieron su Ticket to ride-Billete para viajar, aunque cabría exceptuar a Churchill, invitado por Aristóteles Onassis a acompañarle en el ‘Christina’, lujoso yate de su propiedad. No consta que I think I’m gonna be sad, que se fueran a poner tristes, según el primer verso de la canción de Lennon, pero Got a good
reason/for taking the easy way out,
primeras estrofas de Day tripper-Turista de un solo día, o sea que es probable que tuvieran -volvemos a traducir- una buena razón para coger la salida más fácil.

De modo que no, no fueron turistas de un solo día, pues aquí, en Canarias, vivieron A day in the life-Un día en la vida, un extraordinario y bien secuenciado poema del dúo Lennon-McCartney, asimilada la película, imaginada a su estancia entre nosotros, sin que faltara la escena intrigante de un semáforo irrespetado ni la victoria del ejército inglés.

Agatha Christie, Winston Churchill y tres Beatles visitaron las islas en circunstancias muy distintas.

La escritora de novelas de misterio, en algunos sitios llamada “la reina del crimen”, vino “en busca de paz y tranquilidad, para recuperarse de su estado depresivo, salir del bache y ser capaz de continuar escribiendo”, según puede leerse en el libro de González Lemus. El Puerto de la Cruz no le satisfizo y siguió viaje a Las Palmas de Gran Canaria cuyo ayuntamiento, por cierto, estando presidido por Jerónimo Saavedra Acevedo, patrocina la edición. Agatha, como ya deben saber, se sentía desmoralizada y apenas se interesó por nuestras cosas si bien en The man of the sea-El hombre del mar y The companion-Una señorita de compañía, dos relatos que escribió, plasmó la ambientación de los lugares que frecuentó en las islas.

Los bachilleres portuenses de los años sesenta del pasado siglo sentíamos casi devoción por aquella foto de sir Winston Churchill, enfundado en un abrigo, saliendo del Lido San Telmo. En nuestra ingenuidad, nos parecía asombroso que aquel personaje, que ya ocupaba un lugar destacado en los manuales de historia, hubiera estado en la ciudad y ya pudiera admirar las primeras señales de la entonces imparable expansión turística.

Allí, en el Lido y en la foto, “con el gesto torvo y el labio inferior prominente como el de un niño a quien hubieran quitado su juguete preferido”, según describiera un estudioso de su obra, Alfredo Barberis, estuvo, en febrero de 1959, cuando contaba 84 años, aquel político de cariz especial, un personaje fascinante convertido en leyenda.

Churchill, el diputado, el ministro, “el líder para la guerra, pero no para la paz”, en opinión de Mora Laurido, otro historiador que ha desmenuzado a fondo la estancia en Canarias del primer Lord del Almirantazgo, ya había sentenciado aquel “persuasivo lenguaje de una lágrima” y desde el interior de un coche utilizado para sus excursiones y desplazamientos interiores repitió aquel gesto, aquella memorable uve de victoria.

La página 112 y siguientes, entrecruzada una esmerada selección fotográfica, recogen paso a paso, meticulosamente, todos los movimientos de Winston Leonard Spencer Churchill en Tenerife y en el Puerto de la Cruz, donde radicaban la iglesia anglicana, el club de tenis, la British Library y el British Outdoors Sports Club.

Por fortuna, tenemos la dicha de contar entre nosotros a Francisco Ayala, quien fuera notario periodístico de aquella histórica visita, continuada por Gran Canaria y La Palma. En el libro, además, se recogen crónicas, comentarios e informaciones de la época aparecidas en la prensa de las dos provincias. Entre los artículos seleccionados, uno del inolvidable Luis Castañeda, aparecido en el vespertino La Tarde el 24 de febrero de 1959. Sus primeras líneas son definitorias:

“La isla, como si fuese un ser vivo y consciente, tiene algunas veces sus perfidias; pero otras parece sentir el alto significado de la ocasión y de las circunstancias y responde plenamente a las exigencias de éstas”.

El capítulo III de la obra de Nicolás González Lemus está dedicado a The Beatles. Queda dicho que fueron Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr quienes disfrutaron de unas vacaciones fraguadas en Hamburgo. El relato, de tan detallado, resulta apasionante y conmovedor. Desde aquel 28 de abril de 1963, los tres Beatles pulsaron el desconcierto que significaba el que no les conocieran en el Puerto. Y recorrieron las calles; se mojaron los pies en el muelle; hicieron múltiples fotografías; comieron en el desaparecido ‘Flamingo’, siempre tan frecuentado por ingleses; tomaron café sin ser molestados en aquel rompeolas de lo portuense que era el bar ‘Dinámico’ y ¡¡no les dejaron tocar, como pretendían, en el Lido San Telmo!!

Paul casi se ahoga en el charco de la Soga, George condujo por las angostas carreteras isleñas como si de un circuito se tratara y Ringo se divirtió de lo lindo en una corrida de toros celebrada en la antigua plaza de la capital tinerfeña hasta el punto de enviar una postal manifestando su entusiasmo por tal hecho.

Podríamos seguir desglosando episodios, como los protagonizados por sus amistades tinerfeñas, tan sólo para estimular su lectura, pero es preferible que los descubran ustedes mismos y palpen ese interés del que antes hablamos. El apéndice con testimonios de periodistas de postín es también un incentivo.

Cuenta uno de los anfitriones del grupo de Liverpool que aquí “cargaron bastante energía para soportar el éxito”. Estaba fraguándose la obra que produciría un cambio de conciencia generacional que inspiró el estallido de la contracultura juvenil.

Los primeros poetas de la era tecnológica, los promotores de un arte popular y vital, los autores de textos que cuestionaron las actitudes establecidas con respecto al sexo, las drogas, la política y la sociedad misma, The Beatles siguen siendo los músicos que más han contribuido a hacer del rock una cultura. Y pensar que les tuvimos aquí.

La leyenda, desde luego, guarda una estación en la isla, en el Puerto.

Vinieron en busca de sol, playa y descanso, subtítulo del libro de Nicolás González Lemus cuyo alumbramiento se enmarca en la tercera edición del Festival Agatha Christie, la última de las convocatorias para intentar proyectar el nombre del Puerto de la Cruz en la esfera turística. A ver si entre todos logramos que se consolide y prolongamos los lazos que en la historia han unido a Gran Bretaña con Canarias.

Encontraron lo que buscaban, probablemente con desigual suerte, la escritora, el político y los músicos, los “tres” distinguidos ingleses. Están en la historia ahora enriquecida por esta aportación de González Lemus que seguro ya prepara otro trabajo -no es un escritor de libros de bolsillo- con el que quizá recordemos Things we said today-Las cosas que dijimos hoy, otra tierna composición de Paul McCartney que hubiera agitado el pasado, como quería Churchill, y reafirmaría el esencial paso adelante que preconizaba Agatha.

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