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El Premio Nacional al periodista que ama la cultura

Carmelo Rivero celebra el galardón concedido a Juan Cruz, a quien compara con "el mito, la isla que se evade y reaparece en el sitio menos pensado".

CARMELO RIVERO

Cultura es el tercer apellido de Juan Cruz Ruiz. Juan querría que sus padres vivieran para brindar con ellos por este premio. Así que ese honor le corresponde al último en llegar, al nieto Oliver, a quien pronto leerá el poema de Kipling que explica lo que significa hacerse un hombre.

La condición insular es inherente por antonomasia a Juan Cruz, según suele invocar él mismo como una matraquilla apelando a la socorrida referencia del irlandés Becket sobre la isla inseparable: “Me he pasado la vida creyendo que me fui de la isla. Pobre de mí. La isla va conmigo a todas partes».


Juan, este hombre premiado ahora con todos los merecimientos por aquello que más ama en su profesión, es, como el mito, la isla que se evade y reaparece en el sitio menos pensado, haciendo gala de una promiscuidad espacio-temporal que le hace dueño del secreto mejor guardado de bilocación en este oficio. En efecto, se ha especulado mucho sobre su don de ubicuidad: en Tanger junto al ya anciano Paul Bowles transportado en brazos por los amigos, o en México con Carlos Fuentes, o entre sus vecinos de El Médano antes de perder un libro de poemas de puño y letra.

Este Premio Nacional de Periodismo Cultural, que no está obligado a rechazar como Javier Marías, por si alguien piensa que se instauró una moda, le cae como anillo al dedo. Hasta cierto punto, parecería imperdonable que no se le hubiera concedido antes, siendo el autor de El sueño de Oslo el periodista cultural más importante del país (aquí también de El País).

Claro que conociendo al premiado, tendrá estos días una propensión tan isleña (no exactamente insular) a encogerse de hombros y quitarse los méritos del acreedor. ¿Por qué la pasta de que estamos hechos los canarios nos contrae tanto el ego bien entendido, que no sabemos, ante un premio, si celebrarlo o pedir perdón, incluso habiendo escrito un libro bajo el título de Egos revueltos y, por consiguiente, estar curado de ellos, sin pecado de solipsismo?

Así que imagino a Juan Cruz, que ha sido estrecho testigo de ‘Nobeles’ como Saramago o Günter Grass, librando batallas telefónicas -que es su fuerte- entre la felicidad objetiva de haber ganado un Premio Nacional (como José María Millares o Claudio de la Torre, un premio que viaja poco a las islas) y las excusas reiterativas por haberlo obtenido. El mismo Marías, de recurrente cita estos días en tratándose de premios nacionales, había escrito antes que España “es un país al que le revienta reconocer el talento de nadie”. Y es verdad, se dan los premios lastimosamente, con eso que llamamos envidia y que no crece entre los árboles, que se miran con mejores ojos que se miran los seres humanos, especialmente los más ‘troncos’.

Pero hoy quiero aprovecharme de este premio al ‘paisano que triunfa’ para reivindicar la figura de Juan Cruz (Premio Canarias de Literatura, Premio Comillas, Benito Pérez Armas y Azorín) allí donde ni el novelista, ni el poeta, ni siquiera el periodista lo designan: en su íntima dimensión de hombre insular nacido en el asma como Proust en el seno de una familia trabajadora del Puerto de la Cruz, hecho de abajo arriba, del Aire libre a El País, la faceta que otros disimulan y a él le delata a todas horas: la necesidad ‘apremiante’ de trabajar para merecérselo. Y este Premio Nacional claro que se lo merece, como diría su hermana Carmela.

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