TOMÁS MAYORAL / LA PROVINCIA
La obra reciente del periodista norteamericano James O’Shea demuestra algo que muchos sabían y muchos otros suponían: la Prensa es un negocio delicado. Estábamos al corriente, por un comentario de Coppola, de que los mafiosos norteamericanos contemporáneos ensayan ante el televisor para parecerse a Michael Corleone o a Tony Soprano, pero lo que no sabíamos es que los brokers y especuladores inmobiliarios de aquel país juegan ahora a ser Citizen Kane. Junten lo delicado del negocio periodístico y las actitudes, desaprensivas en las formas y en los fondos (financieramente bajos), de algunos de estos potentados y ya la tendremos liada. El epítome de ese cóctel intragable se refleja en The Deal From Hell: How Moguls and Wall Street Plundered Great American Newspapers, cuya traducción ya inquieta, especialmente si eres periodista: El acuerdo del infierno: cómo los magnates y Wall Street saquearon los grandes periódicos norteamericanos.
El libro tiene, en apariencia, el sabor del plato frío de una venganza en toda regla contra los ejecutivos que perpetraron una de las fusiones más desastrosas de la historia empresarial de Estados Unidos, la que unió -y hundió- a las empresas propietarias de dos cabeceras históricas del periodismo yanqui: Chicago Tribune y Los Angeles Times. Y a los que vinieron después a darle casi el tiro de gracia. O’Shea no habla de oídas sobre el particular ya que, como diría otro insigne periodista, Chaves Nogales, él estaba allí: fue redactor jefe en el primer rotativo y editor jefe en el segundo.
Cogida por las solapas, la obra de este viejo periodista, quien al más puro estilo de Larra ya admite desde el prólogo que este no era el libro que él quería escribir, invita a un diagnóstico en blanco y negro: las pobres empresas periodísticas han caído en manos de pendencieros magnates, que saben de periodismo menos que sus mascotas de cuatro patas, y que serían los verdaderos culpables de la crisis que vive la Prensa, más aún que Internet o Google. Sin embargo, hay muchos matices de gris en este libro que hacen que su autor evite la invectiva simplona.
Con cierta ironía, que no hay que perder ni en los peores momentos, señala que los directivos causantes de desastres como el acaecido en esa fusión eran en realidad gente bienintencionada que creían «hacer lo mejor para sus empresas». No le falta razón al concluir que eso es lo más terrorífico de esta historia y lo que hace que cualquier empresa del sector pueda estar abocada a un tsunami similar.
Lo imposible, en este caso, comenzó allá por el año 2000 cuando, en un alarde desenfrenado de chequera, la empresa del Chicago Tribune y de un gran conglomerado de medios, adquirió Times Mirror Company, propietaria, entre otros periódicos y televisiones, de Los Angeles Times. La operación, por la que se pagó la friolera de 8.300 millones de dólares, carecía de pies y cabeza, como se vería pronto: lejos de suponer una fusión con fundamento era solo un ejemplo de gigantismo empresarial per se con una estrategia que en realidad parece solo una alocada huida hacia adelante.
Sin apenas sinergias que llevarse a la boca, el Moloch resultante se tambaleaba siete años después y tenía que ser puesto rápidamente a la venta, mientras las dos grandes familias propietarias del Grupo, los McCorminck y los Chandler, se tiraban los trastos a la cabeza en una escena más propia de la serie Dallas que de la vida real. La hemorragia atrajo, cómo no, a numerosos escualos. Pero el tiburón que acabó llevándose el Tribune al fondo del mar fue Sam Zell, un millonario de Chicago que había hecho su fortuna especulando en el sector inmobiliario y que según David Carr, el celebérrimo periodista del New York Times que protagonizó el documental Page one, siempre se ha caracterizado por un apetito desmedido por los activos con problemas. Los créditos que Zell consiguió para hacerse con el control tenían un inesperado avalista, ya que en la compleja operación financiera desplegada, el fondo accionarial de los trabajadores era el garante de su devolución. Zell valoró la compañía en 8.200 millones de dólares, menos de lo que siete años antes se había pagado por una de sus partes, y se empeñó en demostrar que la gestión de sus predecesores era empeorable. Lo consiguió a base de bien: en un año el buque insignia del grupo, el Chicago Tribune, ya estaba en suspensión de pagos. Dos años después la deuda se elevaba a 13.000 millones de dólares más y sobrevino el inevitable crack. Zell dio entonces la espantada, abandonando el control de la empresa, que iniciaba el calvario de un proceso concursal tras la suspensión de pagos. Según los trabajadores, Zell no perdió dinero pese a todo. Como prestigio podía perder poco, ni siquiera le afectó demasiado el escándalo posterior entre acusaciones de que la operación perseguía desde un principio fines especulativos. Un correo de un becario de una de las firmas financieras que organizó la compra revelaba que el objetivo era el saqueo: los bancos prestaron pese a saber que la quiebra era posible o aún más: contando con ella. A veces una empresa tan grande vale más troceada que en bloque, como los legos aprendimos en la inolvidable Wall Street de Oliver Stone. Pero el juez dijo que el becario no era una fuente fiable.
El desastre de una empresa aparentemente indestructible no es nada nuevo en EE UU. Casos como Enron o Lehman Brothers ilustran una trayectoria que merecería una antología del disparate empresarial o financiero norteamericano. Y un sector en crisis estructural y coyuntural a la vez como la prensa, tiene difícil escapar a estos problemas. Lo preocupante en el caso del Grupo Tribune es hasta qué punto se le abocó con el error de la primera fusión (ansias de gigantismo desmedido) a un destino aún peor, en manos de quien nada sabía de periodismo o de negocios periodísticos y además tuvo la soberbia de intentar convertir periódicos que habían cimentado su prestigio en largas décadas de honestidad informativa en subproductos sensacionalistas. Para saber de
lo que O’Shea habla en su libro tenemos que recordar la escena final de Page One, en la que Sam Zell contesta airadamente a los periodistas del Chicago Tribune que protestaban por el tono vulgar que había adquirido el periódico en sus manos: si hay que meter porno o gatitos en vez de información seria para maximizar beneficios pues se mete. Y se queda tan pancho. Es esa filosofía cínica de que las empresas son todas iguales y a todas se les pueden aplicar las mismas reglas analíticas: lo mismo da vender periódicos que zapatos o cereales para el desayuno. No entender que hay negocios delicados es su final: la muerte, en este caso, de los periódicos y del periodismo. Ya lo dijo Harold Meyerson, columnista del Washington Post al referirse al caso: «Los grandes diarios se construyen durante décadas. Ahora nos damos cuenta de que pueden desmantelarse con relativa rapidez».
El libro de O’Shea, escrito después de abandonar el grupo editorial, es un relato amargo y realista que hace honor a aquello que decía Serrat en una canción: nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio. Los periodistas podemos ser el alma de los periódicos, pero no el cuerpo que los sustenta como negocio. Dije al principio que este libro sabía a venganza de un periodista, pero tal vez me precipité. Mantengo el título, no obstante. Un periodista, que es un ser que debe dudar para alcanzar certezas, solo tiene un arma en este mundo: contar lo que ha visto y lo que ha vivido, lo que sabe. Si cree firmemente en lo que cuenta, y en el caso de O’Shea parece que es así, no hay vendetta posible. Tal vez porque en ese caso el periodista, en el perfecto ejercicio de lo que es, desaparece. Eso no evita, obviamente, que sea su noticia, su artículo o su libro el que se acabe vengando por él.