La fiesta de la radio, pese a esta parálisis de medios que condena al periodismo de cualquier género a una subsistencia propia de supervivientes de una catástrofe, no es, aun en mitad de los escombros, una efeméride triste. La gente celebra el Día Mundial de la Radio todos los días de radio del año, y asiste a la convocatoria de Naciones Unidas, cada 13 de febrero, como a una onomástica en familia. Afuera pueden estar cayendo rayos que dentro de casa la radio es algo muy serio y no cabe ignorar su día. En ‘Ciudadano en Gran Vía’, Iñaki Gabilondo nos describió con la nostalgia introspectiva de un niño humilde vasco que llevaba la radio en la sangre cómo la familia entronizaba aquel enorme receptor en la cocina, y todos lo veneraban con auténtica devoción. La radio la habrá podido inventar Tesla, Marconi o Popov, sin olvidar al paisano Agustín de Bethencourt, que aportó lo suyo, pero es, a fecha de hoy, un medio saludable que goza de una capacidad de penetración universal contrastada, y cuya muerte recurrente ha sido desmentida una y otra vez por los hechos. Me conmueven las historias de los dioses de la radio. Los paseos de Bobby Deglané, ya mayor, por la Gran Vía hasta Radio Madrid, una vez apartado de la legendaria emisora, para alzar la vista desconsoladamente hacia las ventanas de la sede en la que dio lo mejor de su vida y desde las que se asomaba en sus días de gloria para contemplar las concentraciones de sus fans, y, entonces, ya en aquel inexorable declive personal y profesional, no poder contener las lágrimas deseando que alguien le invitara a subir a su antiguo puesto de trabajo, donde un chileno de verbo fácil conoció la fama y el estrellato de la radio espectáculo cuando los locutores eran auténticos divos en los años 50. La historia de Antonio Calderón, padre de la mejor generación de actores radiofónicos y padre de Javier González Ferrari: reinventó, rediseñó y resucitó tras la dictadura la radio eterna de las voces míticas, y un día fue jubilado forzosamente, arrumbado como un genio dejado en la cuneta de un oficio que iba quedando huérfano de dioses. La historia de Matilde Conesa y Juana Ginzo, las actrices de los seriales del palmero Sautier Casaseca, el más fecundo creador de radionovelas. La imaginaria radio del tinerfeño Leocadio Machado. Los honores radiofónicos de Luis del Olmo, Soler Serrano y Gómez de la Serna, que cogía el micrófono en los orígenes y se abría paso en la Puerta del Sol para fundar el reporterismo de la radio en la calle entrevistando a loteros, mieleros y chóferes, trabajadores anónimos a través de las ondas. La radio deportiva, la radiofórmula musical, la radio magazine, los informativos, el Loco de la Colina, Encarna, la Caravana de la Simpatía, la Cabalgata Fin de Semana, el Gong de mi querida Radio Club y la Ballena Alegre de mi infancia. Miguel Rodríguez, Genoveva del Castillo, Juan Rolo, Paco Hernández ‘el Manita’, Montelongo, Daniel Delgado, Paco Padrón, José Antonio Pardellas, Juan Hernández, Fernando Delgado, Fabri Díaz, Teresa Alfonso, César Fernández, Xuáncar, Willy García, Juan Carlos Mateu, Carlos Blanco, el ‘Herrera Carlos’ y Julia Otero que escucho a diario en Teide Radio Onda Cero…, los dioses de la radio en las islas, donde un niño aprendió a escribir en el aire y era Juan Cruz con un transistor en su dormitorio del Puerto de la Cruz . En la segunda planta de Radio Madrid, Daniel Gavela, en los noventa, dirigía la SER como un visionario que hacía una radio para ver y las giras por España le daban la razón. Eran en privado dioses inseguros, conscientes de la maldición del medio que eleva a los altares y depone del pedestal en mitad del éxito. Nunca lo he contado, pero un día –con 3.200.000 oyentes- me preguntó a solas Iñaki Gabilondo: -“¿Tú crees que Gavela sigue confiando en mí?” Me lo decía Iñaki, que era dios.
Dioses de la radio
Carmelo Rivero afirma que "la gente celebra el Día Mundial de la Radio todos los días de radio del año".
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