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Leopoldo

Jorge Bethencourt elogia al nuevo Premio Canarias. "Poca gente se merece un premio tan merecidamente como Leo. Un tipo irrepetible".

JORGE BETHENCOURT / DIARIO DE AVISOS

No creo que haya discutido más con nadie en mi vida. Él siempre ha sido la calma, la paciencia, el pensamiento sosegado y yo era de los que arrancaban al primer golpe de pedal. Chocaba con él como las aguas embravecidas del mar se abalanzan contra las rocas de la costa: estrepitosa pero inútilmente. Porque eso es Leopoldo. Una roca que aguanta inmóvil las tempestades, firme ante las mudanzas y algo a lo que te puedes agarrar cuando todo se hunde.

Corría el año 78 cuando entré por las puertas del Diario de Avisos en la antigua sede de Santa Rosalía. Era una redacción como la de las películas. En la centralita de teléfonos Luciano, un anciano más sordo que una caja que era capaz de pasarle al director del periódico una llamada del propio director del periódico. En una redacción llena de humo y ruido, las Olivettis sobre carros, el machaqueo de las teclas, y caminando por en medio de aquella selva un tipo con gafas que arrastraba, como la cola de un traje de novia, una larga ristra de papel de los teletipos con las noticias de las agencias nacionales.

He conocido a pocos periodistas que hagan coexistir unas convicciones tan fuertes como las que tiene Lepoldo con respeto tan enorme por las convicciones de los demás. Con él de director empecé a escribir mis primeras columnas de opinión con el mayor espacio de libertad que jamás haya disfrutado. Hicimos un periódico que se involucraba en las luchas laborales y apoyaba más de lo conveniente las posiciones e informaciones de los sindicatos. Nos enfrentamos a la poderosa maquinaria del monopolio español de tabacos cuando decidió liquidar -cosa que finalmente hizo- al sector industrial tabaquero canario. Nos hicimos grandes a la sombra de aquel director que era el primero en llegar y el último en marcharse, que voceaba desde su despacho para llamarte al otro extremo de la redacción, que te exigía, te corregía, te explicaba, te acosaba, te vacilaba, te reñía, te hacía descojonar o enfurecer como el padre que se sentía de una gran familia de gente que se creía invulnerable e infalible, siendo todo lo contrario.

A Leopoldo, para fastidiarle mayormente, siempre le decía que era el peor director de periódico que había conocido y el mejor redactor jefe del mundo. Porque uno de un director se espera a un tipo lejano, inaccesible, que se involucra muy poco en la vida cotidiana de la redacción. Nada más lejos de lo que Leopoldo hizo siempre encima de las noticias. Porque nada mejor que una noticia para que se le encendieran las ojos, se despertaran todas sus expectativas y surgiera ese periodista de raza que lleva dentro. Y cuando había noticia nada se podía interponer en el camino de la información que él tutelaba y orientaba desde su nacimiento, su investigación, su confección y publicación. Con él discutías con entusiasmo los titulares, la entradilla, la confirmación con las diversas fuentes que te exigía como un catecismo de buen periodismo y el contraste de la información con todas las partes afectadas a las que siempre debías dar la oportunidad de opinar porque así nos lo enseñaba ese faro de buen hacer que era aquel director eterno.

Tal vez Leopoldo existe porque existe María Jesús. Dicen que detrás de cada gran hombre hay siempre una mujer asombrada. En este caso existe una esposa, una madre y una mujer excepcional, que ha sido capaz de admitir durante décadas estar con un bígamo. Un tipo que estaba casado con ella y con el periodismo. Y no sé si en ese orden. No sé cuántas veces, a lo largo de tantos años, tuve que despertar o molestar a María Jesús para que avisara a Leopoldo de una urgencia, una consulta o una duda de última hora. Y ella sabía que eso era parte del paquete de vivir con un periodista. Parte del Premio Canarias de Comunicación que han tenido la sensata y merecida idea de conceder a Leopoldo Fernández Cabeza de Vaca, es mérito sin duda de esa otra firme roca que siempre ha estado ahí, como una fiel compañera y aliada, al lado de las largas madrugadas de trabajo y los cierres interminables que salpicaban la vida de lo que era aquel viejo periodismo ya perdido.

Poca gente se merece un premio tan merecidamente como Leo. Un tipo irrepetible. Con él vivimos una época que hoy parece -además de serlo- de otro siglo. Una época de héroes, de tolerancia, de esperanzas y entusiasmo. Un tiempo de generosidad sin insultos, de prudencia, de diálogo, de gentes que se pensaban capaces de hacerlo todo incluido lo imposible. Cuando miro todo aquello, con los ojos de la memoria, veo más grande aquel mundo que este otro, mediocre, turbio e insensato que hoy padecemos. Tal vez el premio a Lepoldo sea como una especie de reconocimiento a aquella época y aquellos hombres y mujeres que nos trajeron de la mano, a tantos, hasta aquí.

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