VERÓNICA GALÁN / LA OPINIÓN DE TENERIFE
Ángel Tristán Pimienta, periodista y director del Club Prensa Canaria, será nombrado esta noche miembro del Instituto de Estudios Canarios. A las 20:00 horas será el acto en su sede lagunera de la calle Juan de Vera número 4, que incluye su conferencia de ingreso, El periodismo como convicción y compromiso democrático: la ética, la defensa de la gente y el control de los poderes.
«Aunque suena muy típico, para mí es un motivo de orgullo ser miembro del Instituto y además tiene un componente personal para mí pues supone el retorno sentimental a los tiempos de mi adolescencia», asegura a este diario el periodista, que cuando era un quinceañero pasaba sus veranos en la lagunera ciudad y sus alrededores. «Es que mi madre es de La Laguna», añade Tristán, que alaba a la institución a la que acaba de acceder por ser «prestigiosa y a la vez uno de los lugares de encuentro más importantes de Canarias».
En su conferencia de ingreso, este hijo predilecto de Las Palmas de Gran Canaria, su ciudad natal, diserta acerca de varias cuestiones relacionadas con los medios de comunicación. Tristán retoma el germen del periodismo moderno, que comenzó a partir de la independencia de Estados Unidos. «Thomas Jefferson ya decía que el periodismo tenía que servir para que el pueblo supiera cómo se portaban sus administradores para saber a quién votar luego y que así se llevase a cabo una democracia más real». El exdirector de La Provincia asegura que «sobre todo el periodismo que se necesita es el del control de los poderes de la ética de los gobernantes, de cómo se gastan el dinero, y debe ir en pro de las víctimas de la sociedad para apoyar a los más débiles».
Otro de los temas que aborda su conferencia de esta noche es el infierno, que ya no es lo que era antes, «un lugar en llamas donde recibían latigazos los que se los merecían», por lo que «el periodismo actual tiene que hacer la labor de infierno». Así, el periodista explica en su discurso que: «Hace unos meses, en medio de una acalorada discusión con unos amigos sobre la corrupción que nos envuelve y hiede en estos tiempos de incertidumbres y tinieblas, y de cómo las prescripciones, las argucias, la manipulación de pruebas, la politización de la justicia, que no escapa a las banderías partidarias, los indultos del Consejo de Ministros, dejaban una insoportable sensación de impunidad, de que muchos malos conseguían salir indemnes y escapar a la justicia de los hombres, comenté que antes, por lo menos, existía el infierno, lo cual, se sea creyente o simplemente un por si acaso era una sensación reconfortante. Esto es así. Y concluimos, totalmente en serio, que en estas circunstancias el buen periodismo tenía que cumplir, con la ayuda de internet y de San Google bendito, un papel de pena de último recurso. La impunidad de algunos sinvergüenzas incluso en la otra vida, una vez que los papas modernos han dicho que eso del infierno ya no es como era, nos sitúa ante un dilema moral: para que las sociedades funcionen tiene que existir la inembargable convicción de que nadie escapa a la justicia. O, por lo menos, que nadie se beneficiará del silencio de sus actos, como si estos nunca hubiesen existido. La ejemplaridad es uno de los pilares de la convivencia».