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Lutzardo y sus guachinches

SALVADOR GARCÍA LLANOS

“Los guachinches es el lugar donde se saborean los mejores alimentos, se bebe el mejor de los vinos y se disfruta de la amistad más querida. El salir de guachinches es un sentimiento de fraternidad y su esencia es la compañía de aquellas personas que nos quieren y a quienes queremos”, escribe el abogado Manuel Jesús Hernández Herrera en una de las nueve entradas de opinión incluidas en el libro que, bajo el título «Amistad y guachinches: una relación para disfrutarla», presentamos días pasados en el Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias (Puerto de la Cruz). ¡Vamos de guachinches!… y otras casas de comida (Ediciones Aguere e Idea Ediciones) es original de Rafael Lutzardo Hernández.

Ángel Morales, Rafael Lutzardo y Salvador García Llanos
Ángel Morales, Rafael Lutzardo y Salvador García Llanos

La anterior es una concisa descripción de estos lugares que han precisado de una regulación legal autonómica (que ya tiene un año de vigencia, por cierto) pero también de una publicación que define pormenorizadamente, con sentimientos y todo, los valores de este tipo de establecimientos tan integrados en la idiosincrasia isleña. Tanto, que hasta gozan de denominación distinta, según el territorio: guachinches en Tenerife y bochinches en la provincia oriental.

El libro de Lutzardo refleja el espíritu de lo que son estos espacios, muy vinculados al medio rural (“artilugios de la imaginación campesina”, feliz metáfora del periodista Román Delgado, otra de las destacadas rúbricas aparecidas en el libro), espacios/artilugios convertidos, con el paso del tiempo, para muchas familias y trabajadores de otros ramos, en medio de vida, en fuente de negocio o actividad económica productiva.

Con todos los elementos propios de ese peculiar universo, desmenuzados en las páginas del libro, Rafael Lutzardo Hernández, nos invita a ir de guachinches… “y otras casas de comida”, una suerte de aditamento que colgó en el título de la obra para precisar y hasta para ilustrar a los desconocedores y curiosos.

Él reconoce haber vivido a plenitud entre cuestas, vericuetos, predios recónditos, decoraciones rudimentarias, sobrios mobiliarios, aromas inconfundibles y sabores apreciables, entre ambientes familiares y cercanos, no importa el día, en cualquier lugar, allí donde derivase, probablemente, del infalible sistema ‘boca-oído’.

Son sus vivencias, es su experiencia, la que ha querido plasmar en una obra modesta en la que da cabida a sus amigos, con quienes habrá coincidido o habrá conocido en alguno de estos establecimientos. De los fogones y las sartenes a las páginas de un libro, saboreando y distinguiendo caldos, conversando de lo que se tercie, animándose recíprocamente para el reencuentro. Lo confiesa, ha sido inmensamente feliz:

“No por menos -escribe el autor- he de dejar de mencionar que el guachinche enamora, seduce, porque encierra lágrimas que vuelven con recuerdos cogidos de la mano y risas que brotan al revivir momentos con amigos. Es una charca repleta de sentimientos…”

En cualquier caso, si tomamos al pie de letra el título del libro de Lutzardo, “¡Vamos de guachinches!”, contrastaremos que, en muchos casos, estamos ante auténticos descubrimientos de valores: ambientales, agrícolas, gastronómicos, profesionales y hasta culturales. El escritor y dramaturgo Cirilo Leal, quien hace una excelente aportación a este libro con un trabajo referido a la “Boca del muelle” santacrucero, donde sitúa a La Marquesina como el primer guachinche, dice haber aceptado “volver a un tiempo trasnochado para acompañar a Rafael Lutzardo en su empeño en rendir homenaje y reconocimiento a esos lugares de encuentros donde es más fácil combatir a la flamante dictadura silenciosa que pretender cambiar los rumbos de la existencia, las miradas y los gustos”.

Tiene razón, además, cuando afirma que el autor ha contagiado su entusiasmo por el recorrido de algunos de los más significativos guachinches de la isla, “precisamente donde el mestizaje es ley de vida, de puesta al día, sin que ello suponga renunciar o traicionar sus raíces, su identidad”, escribe Leal.

Completa el autor su edición insertando las fichas técnicas (ilustradas con fotos en blanco y negro) de veinticinco establecimientos, una guía breve de guachinches, tascas, casas de comida, bodegones, bares y restaurantes así como un glosario del habla canaria muy apropiado para entender el significado y el uso de términos que son comunes o habituales en los establecimientos de los que se ocupa.

“¡Vamos de guachinches!” con Rafael Lutzardo, como íbamos a desayunar hace más de cuarenta años en las cercanías del Callejón del Combate o a corregir pruebas de crónicas deportivas y sucesos cuando compartíamos las primeras inquietudes periodísticas en el desaparecido vespertino La Tarde.

Las circunstancias han querido que ahora, después de trayectorias dispares, hayamos coincidido en el acto de alumbramiento de un libro al que dedicó alma, corazón y vida para concluir que ir de guachinches es todo un rito.

INTERVENCIÓN COMPLETA DE SALVADOR GARCÍA LLANOS

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