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En qué se parece el chocolate al periodismo

Periodismo y lenguajeJUAN CRUZ RUIZ

Davide Maglietta, heredero napolitano de apasionados del chocolate, me dijo ayer en su vieja fábrica, al lado de su madre aún más apasionada por el hermoso producto, algo que el hijo de Goethe decía sobre la alegría de Nápoles, la ciudad en la que estábamos hablando.

Cuando el autor de Fausto se sentía triste, pensaba en Nápoles y recuperaba la alegría. Horas después, el alcalde de la ciudad, Luigi de Magistris, un magistrado que juntó a progresistas de su ideario y se alzó con la Alcaldía de la ciudad a la que amaba Goethe, me habló también de la alegría y de la juventud de Nápoles. El profesor y escritor Lucio Iaccarino, presidente de la empresa de comunicación Thinkthanks y colaborador del diario La Repubblica, envolvió todo ello en otra metáfora también de Goethe: Nápoles es el paraíso…, donde también hay diablos.

En una empresa de tecnología y energía única en el mundo, Óptima, me dijeron el secreto de Nápoles, del que también me había hablado De Magistris: la juventud, y no sólo por la edad de la gente, sino por la actitud ante la vida. En Óptima, por otra parte, trabajan cuatrocientos jóvenes en un espacio casi diáfano y blanco, y desde allí se empeñan, entre muchos cosas, en la ayuda a los muchachos que hacen los Erasmus por Europa.

O sea que con todas esas cosas podría hacer mi crónica de hoy, pues Nápoles no sólo estimula el cerebro y el gusto, así como la alegría de vivir, en medio de un caos que no es tan grave como dicen. Pero hubo algo que, como periodista, me llamó muchísimo la atención: el fuego del que nace el chocolate y su relación simbólica con el periodismo.

No es tan solo porque el periodismo necesite de la energía que podría darle el buen chocolate, ni porque fuera chocolate lo que nos brindaron Davide y su madre, Marisa, en la vieja fábrica Gay-Odin, sino porque en este lugar nos enseñaron desde el principio la elaboración del cacao hasta hacerlo un exquisito manjar y ahí comprobé las similitudes que tiene nuestro oficio con todo aquello que se elabora a partir del fuego.

El chocolate que ellos usan es resultado del mejor cacao del mundo para estos menesteres, que les viene de Venezuela. Ese producto de la tierra se conforma como chocolate a partir del fuego: en una tolva ancestral, y efectiva, lo introducen a manos llenas, y el fuego lo va tostando con una alegría incandescente; al final tienes a la disposición todo tipo de chocolates, basados en una elaboración artesana en cuyos pasos nos detuvimos degustando cada una de las variedades y estaciones de dicha elaboración.

Me detuve, sobre todo, en el momento del fuego, y ahí es donde pensé en qué nos parecíamos los chocolateros y los periodistas: la noticia es el fuego, el resto de lo que hacemos con ella, esa elaboración lenta que luego llega a los lectores en forma de información, es el periodismo tal lo hemos conocido. Se lo dije a Davide; a él le hizo gracia la comparación, y pensaría, como es lógico, que cada uno tira para su oficio, pues imagino que otros dirán lo mismo del suyo: que se parece al trabajo que se hace con el chocolate, pues todo, en definitiva, parte del fuego y después…, etcétera etcétera.

Lo que me inquietó de la comparación, en todo caso, fue el símbolo que me detuvo en el fuego: en el periodismo actual, basado más en el ruido y en el rumor que en la exquisitez de la elaboración, todo tiende a ser fuego; los procesos siguientes dependen del capricho de los que hacemos el oficio peor, no de los ingredientes que hemos de usar para confirmar los datos que nos proporciona el fuego de la noticia.

Y así estamos, dándole al público un chocolate averiado en forma de tertulias barriobajeras y rumores que al final atragantan a la gente de chocolate (de periodismo) de mala calidad. Eso le dije a David mientras degustaba, al lado de su madre, el espléndido chocolate que descubrí en esta placentera visita napolitana.

FUENTE: EL DÍA

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