
SUSANA QUADRADO (LA VANGUARDIA)
Con su sorna habitual y un ego tan redondo como su barriga, uno de los jefes de este diario me reprochó, hace años, que le llevara a su mesa temas tristes, esa clase de historias que arañan el alma y revuelven estómagos. Recuerdo con claridad la conversación que tuvimos:
–En casa de los pobres, las tragedias tienen cara y ojos–, le dije.
A lo que él me respondió:
–Los pobres no compran periódicos.
La gran Fallaci le hubiera mandado a hacer puñetas, pero servidora se quedó muda. Entonces empezaba en el oficio y no supe hacer más que apretar los dientes, tragar saliva y poner cara de póquer.
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