
ANA MARTÍN (EL DÍA)
Hace casi veinte años que no trabajo en una redacción. Fui, durante otros muchos, una ratilla de ordenador que, aunque al llegar se quejaba de las largas jornadas y del único día de libranza, luego se fue haciendo a las maratones que acababan a las tantas y, más tarde, seguía hablando de lo mismo –política, cultura, chismes locales– en el callejón de los raros y los insomnes, por sentir que también tenía vida.
No diré que echo de menos esas horas espesas ni diré que fui siempre feliz; bien sé que la nostalgia embellece los recuerdos y que esa maldita obsesión por contarlo todo sangró buena parte de mi juventud. Pero tampoco me arrepiento. Aprendí, desde abajo, un oficio que creía que dominaba hasta que me vi delante de una pantalla inhóspita, organizando cajas de texto y agobiada por la entrega. Y empecé a entender la naturaleza humana porque aquella comunidad, donde había de todo y por su orden, se convirtió en mi familia.
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