
JORGE BETHENCOURT
En Canarias, como en todas partes, no hay nada como morirse para que hablen bien de ti. Y cuando se conoció la noticia de la muerte de José Miguel González a la tristeza de quienes le querían se sumó el afecto de quienes le habían olvidado. Porque al final, sea cual sea el protagonismo que hayamos tenido, cuando uno se aparta de los focos termina del rincón en el ángulo más oscuro.
José Miguel era un tipo arrollador. Un verbo hecho carne. Una voz que intentaba seguir el hilo de un pensamiento fulgurante, fracasando muchas veces en el intento. Como parlamentario, especializado en materias de hacienda pública y economía, no conocía la piedad. A veces ni con los suyos propios tuvo clemencia. Fue, como muchos de los ‘patas negras’ de las Agrupaciones Insulares de Canarias un tecnócrata que cayó en la política casi por accidente. Pero brilló con luz propia al lado de gente con tanto fuste como Manuel Hermoso o Adán Martín, por citar dos líderes y compañeros con los que mantuvo una inquebrantable amistad y una estrechísima colaboración no exenta de discusiones.
En la prensa le llamábamos, cariñosamente o no, “pelo pincho”, por su característico pelo rebelde cortado siempre con generosidad, al estilo del inolvidable Manolito, de Mafalda. Y su trayectoria capital en la historia de la primera Ley del REF o de la integración de Canarias en la Comunidad Económica Europea ha sido justamente glosada estos días en los medios de comunicación.
Me pasa que cuando alguien se muere hay una escena o un recuerdo concreto que surge de la desmemoria. A José Miguel González lo vi mil veces en el Parlamento de Canarias. Hablé otras tantas en los pasillos de Teobaldo Power o en charlas de café con Adán Martín o caminando apresuradamente por la calle, arrastrando su abultada e inseparable maleta de contable, que siempre llevaba a cuestas, llena de papeles, informes y notas.
Pero de todos esos recuerdos, hay uno que le ilumina más que todos los demás. El entonces presidente del Gobierno, Fernando Fernández, organizó una especie de jornada de convivencia de sus consejeros en un complejo turístico de Adeje llamado Mar Azul. Debió ser a finales del verano de 1987. Dos periodistas nos enteramos y no dudamos ni un segundo en plantarnos allí para saber por qué y para qué se habían concentrado. No soy capaz de recordar si lo averiguamos. Probablemente no. Pero en un momento dado, Paco Pomares y yo acabamos descubriendo a José Miguel en una cafetería del complejo, solo, delante de una taza de café y unas notas.
Nos plantamos en su mesa —una especie de cubículo con dos bancos separados por una mesa de madera— y nos sentamos en frente. José Miguel nunca fue un prodigio de simpatía, pero no era tan seco y hosco como aparentaba. Detrás de sus sempiternas gafas de miope aquellos ojos sabían reír. Y tenía un sentido del humor afilado y británico, tan atildado como su impecable y correcta manera de vestir.
No sé como acabamos hablando del REF. José Miguel nos explicaba a borbotones —en su estilo— las excelencias de herramientas como la RIC o el registro de buques o la ZEC. Los acrónimos desfilaban como estrellas fugaces en el apasionado verbo del consejero. Y entonces Pomares y yo le soltamos que a nuestro humilde juicio —lo de humilde es un adorno contemporáneo— lo que Canarias tenía que defender en Madrid es que al igual que pasaba con las rentas del capital, las rentas del trabajo que se generasen en las islas estuvieran exentas, como en Ceuta y Melilla, en un 50%.
La discusión fue subiendo de tono hasta el punto en que pueden ascender las pasiones cuando uno habla de fiscalidad y desarrollo. Le reprochábamos que no podía tratar distinto a los beneficios empresariales y a los salarios de los trabajadores. Y él nos inundaba con cifras, datos y comparaciones para explicarnos que las empresas de las islas son las que generaban trabajo y que necesitábamos instrumentos para capitalizarlas, por su extrema debilidad.
Disfrutamos como enanos los dos periodistas y el consejero. Cada uno defendiendo con la pasión con la que se vivía en aquella época la vida pública. Pero si alguien nos hubiese visto desde fuera podría haber pensado que estábamos a punto de matarnos. José Miguel con su camisa blanca de manga corta y corbata, como el protagonista de “Un día de furia” con dos gaznápiros en frente, que estaban aprendiendo y, de paso, sacando información a destajo de los planes y proyectos de aquel privilegiado cerebro.
A José Miguel González, con cierto cuidado, le tocaba las narices de vez en cuando diciéndole que todo lo que él tenía en el cerebro, que era una ingente cantidad de datos, se podría tener perfectamente en un disco duro de un ordenador. Y que lo importante era la capacidad de relacionar unos datos con otros. Pero aquel prodigioso memorión, para envidia de todos, tenía justamente las dos cosas: el hardware y el software. Los datos y el procesador capaz de mezclarlos a una inigualable velocidad para extraer conclusiones brillantes y difícilmente rebatibles.
“Nosotros no podemos tener los beneficios a las rentas del trabajo como Ceuta y Melilla. Primero porque somos muchos y Madrid no nos lo dará nunca. Y segundo y más importante, porque en muy pocos años Canarias duplicaría o triplicaría su población” dijo José Miguel González aquella noche. No sé quien de los dos le contestó: “¿Y qué? Mira Singapur”. Y se meó de la risa.
Eramos jóvenes. Y Canarias también. Luego vinieron los problemas y los achaques de la vejez. Y también los de José Miguel que a los 87 años se apagó con la misma discreción con la que vivió.