
JUAN CARLOS LAVIANA / THE OBJETIVE
Cada sábado y domingo, el repartidor de un prestigioso diario nacional deja los ejemplares de cada día en el portal de mi edificio. Al alcance de todo el mundo. Su valor en el quiosco es de 4,8 euros, para ser exactos. Por delante de los periódicos, pasan indiferentes vecinos, inquilinos de Airbnb, mensajeros, repartidores de comida a domicilio y visitantes varios. Nadie les presta la menor atención. Cuando el suscriptor, que ha pagado por ellos, vuelve el domingo por la noche tras disfrutar fuera del fin de semana, recoge sus ejemplares impolutos después de haber dormido el sueño de los justos durante 48 horas.
Primero, me sentí reconfortado por el civismo de mis vecinos y conciudadanos. Yo mismo tuve que hacer grandes esfuerzos para, al menos, no echarles una ojeada. De hecho, hace pocos años, una de las quejas más frecuentes de los suscriptores era que les robaban los periódicos. Pero, inmediatamente después, me invadió una pena enorme. A nadie le interesaba el trabajo de centenares de personas que contenían aquellos ejemplares rebosantes de noticias y opiniones. Bueno, a nadie no, solo al único vecino de los 20 del edificio que seguía pagando la suscripción de un diario en papel. Me entraron ganas de conocerle mejor, de felicitarle, incluso de darle las gracias, pero me volví a contener.
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