Ricardo Cayuela Gally | La denuncia de Arturo Pérez-Reverte sobre la abdicación de la Real Academia Española a ejercer su autoridad normativa no solo es pertinente: es urgente. No se trata de una «íntima tristeza reaccionaria» ni de un prurito elitista, como algunos se apresuran a caricaturizar, sino de una alarma legítima en tiempos débiles, brumosos, donde la excelencia parece culpable y toda exigencia se vive como una agresión. En una época en la que conceder demagógicamente se confunde con democratizar, renunciar a la norma no es un gesto progresista, sino una forma de abandono. Y en el caso de la lengua, el abandono tiene consecuencias profundas.
Para mí, el problema se concentra en dos ámbitos concretos: la incorporación indiscriminada de nuevas palabras al diccionario y la renuncia explícita –o, peor aún, vergonzante– a la idea misma de norma. Ambas cosas están íntimamente ligadas. El diccionario no es un registro notarial de lo que se oye en la calle ni un museo de modas efímeras; es una institución normativa, un instrumento de estabilidad. Cuando se acepta la idea de que toda palabra usada merece consagración inmediata, la autoridad se disuelve y la lengua pierde espesor histórico.