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‘Adiós a Imeldo’, artículo de Salvador García Llanos

«Él hubiera sido feliz con la celebración, a su estilo, a su aire, a su espontaneidad… Era como si el viento hubiera querido acompañarle en aquel postrero tributo».

Salvador García Llanos | Esposa e hijos, familiares y amigos, nos congregamos al mediodía del ventoso sábado pasado, en la zona recreativa de Pinolere, para entonar el último adiós a Imeldo Bello. Él hubiera sido feliz con la celebración, a su estilo, a su aire, a su espontaneidad… Era como si el viento hubiera querido acompañarle en aquel postrero tributo a su pensamiento, a su forma de ser. Natural, todo natural, como hubiera gustado decir.

Su esposa, la encantadora Elo (ísa), sus hijas, sus nietos. Allí estaban, junto a los hermanos Isidoro y Juan José Sánchez García, Raúl González… emocionados pero sin lágrimas, porque Imeldo nos quería a todos alegres, distendidos, abiertos, llanos, desenvueltos, desenfadados… Como lo sentimos en medio de aquellas diapositivas cómicas que hicieron reír o de aquellos símbolos naturalistas que hicieron de El Hierro, su segunda casa, el hogar que todos apreciaron.

Rescatamos para la ocasión -y leímos- un texto de hace diez años, en ocasión del tributo a su hermano Marcos en el Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias (IEHC). Dijimos entonces y ahora:

«Imeldo Bello es como es. El artista ácrata, librepensador, inconformista, ingobernable, rebelde hasta el tuétano, hasta que llegó la hora de mostrar en público todo lo que es capaz de producir, en silencio, entre fríos de temporada y acompañado por música clásica que resulta idónea para retocar, afinar, pulir y concluir.

Isidoro Sánchez García -a quien el Colegio de Ingenieros de Montes de España distinguió entonces, hace diez años- con su Medalla de Honor- define a Imeldo como artista otoñal pero su peculiar anarquía no entiende de estaciones y mucho menos de patriarcados. Por eso expone en el Instituto de estudios Hispánicos de Canarias (IEHC) Tendencias (1970-2016), tributo a Marcos, a quien incluye en el subtítulo de la colección con una exclamación significativa: “iAy, mi hermano!”. Marcos, el colorado, el pelirrojo, el maestro que súbitamente dejó su vida en Las Cañadas, mientras excursionaba, le recomendó en cierta ocasión que se concentrara en el sin igual paisaje de las azoteas de la isla, que allí hay motivos de sobra para plasmar. “Préstame un favor -escribe Imeldo en su memoria- para poder decir: qué bueno es vivir aquí y en el aire”.

Y entonces hace uno de esos happening -¿se decía así, no?- que tanto gustaban en los setenta, generación a la que le adscribe Raúl González Suárez quien hace en el catálogo una exacta definición del artista en pocas palabras: “Es un gran observador de nuestras bellezas naturales”. En la estancia principal del IEHC, entre borbotones de calor, colgaban guirnaldas con pequeñas reproducciones de su obra; el afecto y la amistad que ha sabido granjearse se vio correspondido con suficiencia (para gozo de los dirigentes del Instituto, acostumbrados a magras asistencias), entendidos y no tanto, pero, sobre todo, amigos a los que el arte de Imeldo Bello siempre les dice cosas nuevas aunque lo hayan visto mil veces, de modo que el acto cobró, desde el principio, ese aire de informalidad y espontaneidad que tanto insufla al artista cuando tiene que hablar de sus creaciones entre amigos. Una delicia sensorial, en atinada expresión de Eduardo Zalba González (o sea, que la similitud de elementos, una década después, era evidente. Como faltaba el viento, el artista (un suponer) lo reivindicó. Y allí soplaba).

Entre esas creaciones, sobresale una auténtica sinfonía polícroma de tajinastes. Las retamas teideanas estallan y la materia se torna moldeable y cede para la impresión del artista. Es la paleta multicolor que interpreta González Suárez: “Sus obras están marcadas por un estilo figurativo y paisajístico con elementos oníricos y simbólicos, donde la fuerza y la metáfora visual de la lava volcánica, de la retama del Teide se refuerza con la escala cromática que sale de su pincel, en la que usa la gama del arco iris, basada en colores primarios, ardientes, con el predominio del color sobre el dibujo, poniendo a salvo la belleza desnuda del paisaje para conseguir un principio básico en la obra de este artista: una paleta multicolor respetuosa con el entorno”.

El artista portuense, que también colgó su obra en una de las salas del Museo de Arte Contemporáneo Eduardo Westerdhal (MACEW) hasta el 27 de octubre de aquel año, en fase de luna creciente, señaló que “poseemos algunos amigos de siempre y, por ello, no necesitamos detonantes para atraernos”. Sus cuadros, su obra, estas Tendencias de todo un ciclo vital reflejan una volubilidad artística fuera de lo común. Y cuando eclosiona, impacta».

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