José Antonio Montano (The Objective) | El primer acierto de Antonio Villarreal en su libro titulado escuetamente Tertulianos (Península) es haberle puesto como subtítulo: Un viaje a la industria de la opinión en España. La noción de «viaje» es exacta, porque el autor, que se confiesa no oyente asiduo de tertulias, se desplaza hacia el fenómeno (tanto desde su casa como en los propios estudios) con ojos y oídos de explorador: con una distancia que le permite una objetividad superior a la que se estila y una inocencia que le hace reparar en detalles que a los más habituados se les escapan.
Y la palabra «industria» sitúa el asunto en una dimensión potente, jugosa. Entre la mecánica y el comercio, con la interferencia perpetua de la política, las tertulias pasan de entretenimiento confrontativo a entramado de poder; con una ubicuidad que las convierte en cosa seria. Es una industria parecida a la salchichera. En el sentido de la famosa sentencia de que, si quieres comer salchichas, no sepas cómo se hacen. Un efecto del libro de Villarreal, por lo bien que explica cómo se hacen, es que las tertulias pasan a ser aborrecidas. Pero como, al igual que las salchichas, las tertulias son un vicio, el lector aficionado las seguirá consumiendo.