En enero de 1933, el periódico La Libertad envió a Ramón J. Sender a Casas Viejas, un pueblo de la provincia de Cádiz. El periodista tenía encomendada una misión muy concreta e importante: averiguar si era cierto que, como se rumoreaba en Madrid, la versión oficial sobre lo ocurrido días antes en Casas Viejas era falsa. La versión gubernamental explicaba que la Guardia de Asalto y la Guardia Civil habían sofocado la insurrección anarquista en ese pueblo y que todos los vecinos muertos durante esa revuelta, más de veinte, habían sido abatidos en enfrentamientos con los guardias. Sin embargo, crecía el rumor que sostenía que los guardias enviados desde Madrid se habían comportado de manera salvaje: que habían fusilado o asesinado a la mayor parte de las víctimas cuando éstas estaban desarmadas e indefensas.
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