
CARLOS SÁNCHEZ / EL CONFIDENCIAL
La prensa libre es la piedra fundamental de toda libertad; sin ella no habría libertad. Robert U. Brown
Es probable que una de las peores herencias de la Transición sea la cohabitación entre prensa y política. O, mejor dicho, entre el poder político y medios de comunicación, cuyas relaciones, en muchos casos, van más allá de lo recomendable. Incluso, de lo decente. Con solo echar un vistazo a la mayoría de los diarios –en papel o internet– cualquiera es capaz de adivinar su posición ideológica. Y casi hasta sus fuentes informativas.
El problema, sin embargo, no es que tengan ideología, al fin y al cabo, cualquier periódico es un producto intelectual y es lícito que tenga su propio criterio. Ortega, Araquistain, Bonafoux (que decía de él mismo que era un criminal encadenado a su pluma) o Urgoiti eran mitad políticos y mitad periodistas. Mitad monjes, mitad soldados. El propio Larra logró ser diputado respaldado por los caciques locales, y aunque el acta le duró pocos días tras la asonada de los sargentos de La Granja, nadie dudaría que artículos como el día de los difuntos son una colosal obra literaria y la más descarnada crítica social y política que se ha hecho del tiempo que le tocó vivir. Lo singular es la ausencia de rubor –y hasta el descaro– a la hora de mostrar sus preferencias, lo que indudablemente se refleja en lo que leen los lectores y en la aparición de fenómenos como el populismo. El Brexit o Trump son hijos de la mentira periodística. Como Lerroux –otro director de periódicos– lo era de los excesos de la Restauración.
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