
DIANA ARRASTIA/LA VANGUARDIA
Existen muchos tipos de soledades. Unas son mejores y otras peores. Por ejemplo, cuando la elegimos, la soledad resulta enriquecedora y favorable para nuestro desarrollo personal. Pero, cuando nos la imponen, la cosa cambia radicalmente. No es lo mismo querer estar solos que sentirnos solos. La diferencia es clara: la soledad deseada la marca el individuo, la no deseada es ajena y circunstancial. Por eso, no tiene nada que ver, vivir solo con estar solo o en aislamiento social (se tienen mínimos contactos con otras personas) o sentir soledad no deseada: la percepción de que nuestras propias necesidades sociales no están cubiertas, ni en cantidad ni en calidad, por las relaciones sociales que tenemos. O dicho de otra manera: sufrimos soledad no deseada –ya apodada como ‘la epidemia del siglo XXI’– cuando las relaciones que tenemos son menores y peores que las que desearíamos. Y esto es algo que afecta, en mayor medida, a las personas mayores.
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