A mediados de los 90, publicamos un libro de fútbol en ‘El País Aguilar’, ‘La mejor liga del mundo’, que tuvo lectores ilustres y generosos, que nos dieron una cobertura inusitada en Madrid. Iñaki Gabilondo se lo leyó de cabo a rabo y nos llevó a su programa ‘Hoy por hoy’, en la Cadena Ser. Al término de la entrevista, nos preguntó fuera de micrófono: “¿Y ahora qué libro piensan hacer?” (ya habíamos publicado con éxito Valdano. Sueños de Fútbol). Y no sé si a Martín, mi hermano, o a mí se nos ocurrió decirle lo que en verdad planeábamos contra todo pronóstico: “Un libro sobre ti”.
En contra de ese prejuicio extendido en la profesión que dibuja a Iñaki como el más hermético e inasequible de los periodistas, ni remotamente dispuesto a airear lo más mínimo acerca de sí mismo, nos dijo: “¡Ah, qué bien, no les va a ser fácil, pero ya me contarán”.
Transcurrieron algunos meses. Y, por fin, nos metimos de lleno a biografiar a Iñaki Gabilondo, el hombre que no se dejaba conocer bajo ningún concepto. Costó convencerle, recuerdo la última arenga para despejar las dudas raigales de aquel periodista celoso de su privacidad sin concesiones. Cuando Iñaki dijo que “sí”, nos pusimos a trabajar como locos, ante la sorpresa de sus compañeros y directivos, que en la década de los 90 lo miraban en la ‘casa’, en Gran Vía, como si fuera dios. Nos preguntaban durante los siete meses que convivimos con Iñaki en Radio Madrid por el secreto de aquella repentina aquiescencia del locutor más millonario en oyentes del país a la propuesta atrevida que le hicimos en su ‘altar’, el estudio. Antonio García Ferreras no daba crédito al principio, después fue cómplice y colaborador del proyecto. Augusto Delkáder se implicó en el libro haciéndonos revelaciones sobre el faro profesional de la cadena, ya entonces un claro referente del periodismo español. Y Daniel Gavela (que nos había fichado en su día como corresponsales de El País) no sólo estaba exultante con que nuestra osadía hubiera prosperado, sino que, además, asumió el compromiso de ponerle el título. Un día, bajaba las escaleras de su despacho y antes de pisar la planta principal de Radio Madrid, me dice a voces: “¡Ya lo tengo!” Tenía el título: Iñaki Gabilondo. Ciudadano en Gran Vía. Se vendió muy bien.
Fueron más de 370 páginas de lecciones magistrales de la vida y el oficio. Iñaki se vació descifrándonos todo su ideario profesional: la ética del cirujano, la lógica del gerente, la hez del periodismo, la palabra contra la espada, el aula de la tolerancia, la segunda voz, usted es cojo, la central lechera, las flores del mal… Nos narró su participación en TVE durante el golpe de estado fallido el 23-F, la grabación subrepticia del célebre mensaje del Rey, y él compareciendo ante las cámaras por primera vez en su vida para dar paso al vídeo capaz de desbaratar la rebelión de Tejero, que años después reconstruiría el novelista Javier Cercas. Se desnudó en términos profesionales (y en ocasiones familiares); cada encuentro con Iñaki, al cabo del ‘Hoy por hoy’, en dependencias diferentes de la SER (Iñaki nunca quiso tener despacho en la radio), nos reportaba lecciones de historia en vivo del medio, que hoy –una vez recogidas en el libro- son quizá la mejor contribución a la convivencia social –la civilidad, que reivindica el periodista vasco- desde el periodismo y desde la radio, en particular.
Él, con José Joaquín Iriarte, presentó el primer informativo radiofónico en libertad, en octubre de 1977. Pronto se ganó la vitola de periodista dueño de una gran credibilidad, pese a la cual ha sido objeto –objetivo- siempre de los dardos más indecentes de la competencia. Federico Jiménez Losantos admitió, mucho tiempo después, que se metía con Iñaki con saña porque era el número uno, para ganar notoriedad.
Hoy –anoche en el abarrotado Espacio Cultural de CajaCanarias, en diálogo amenísimo con Juan Cruz- reiteró que las iras de los frikis y fanáticos que le siguen zahiriendo en los comentarios a sus vídeoblogs, forma parte del precio de la condición pública de los periodistas que conquistan cierto margen de popularidad.
Hoy, miércoles, tendré oportunidad de entrevistar en ’30 Minutos’, de la TVC, a este icono del periodismo incombustible, al que me une una profunda admiración y amistad. Confío en que pronto Iñaki (autor de un libro-guía de obligada lectura para ciudadanos y periodistas, El fin de una época) disponga de una cátedra universitaria desde la que impartir el vastísimo bagaje de oficio e “inteligencia” (la palabra acertada que utilizó anoche Juan Cruz) que adornan su magisterio profesional. Tendrán oportunidad de escucharle a las 7:30, en la apertura de las emisiones de la televisión, y por El Dos de la TVC esta noche, poco antes de las once. Les invito a escuchar al periodista que está de vuelta, nuestro Walter Cronkite –Iñaki, abruptamente apartado del micrófono diario, tras la fusión de Cuatro y Telecinco–, nuestro Larry King (retirado por la pérdida de audiencia de su mítico programa de entrevistas ‘Larry King Live’, en la CNN), nuestro Dan Rather, uno de los comunicadores más cultos y laureados del país (incontables Ondas, el Ortega y Gasset y el premio de la FAPE, amén de, uno tras otro, tres doctorados honoris causa).
Conoce bien las miserias y los vítores del periodismo hecho en público, expuesto como el torero cada día a recibir una cornada de las tribus infames que fiscalizan su trabajo a la espera de un renuncio. Miles de entrevistas y de horas del mejor periodismo en directo lo han robustecido frente a la crítica soez. Iñaki insiste en vivir cada día como si fuera “de riguroso estreno, un día irrepetible”. A su equipo en la SER le decía cada mañana, tras el obligado madrugón nocturno: “Ahora, salgamos a la terraza a ver amanecer”. Y se quedaba extasiado ante el milagro de ver aparecer el sol y contemplar el vuelo matutino de algún vencejo. Adora la música como si le fuera la vida en ello. Era el fan más entregado a Kraus que he conocido, siempre lo ponía por las nubes. Y cuando la Orquesta Sinfónica de Tenerife hizo una gira triunfal por Europa central, entrevistó al director, Víctor Pablo Pérez, como la noticia más importante del día.
En una ocasión me pidió una crónica sobre la estancia de Mijail Gorbachov en Lanzarote (la SER y El País me enviaron a seguirle los pasos durante las primeras vacaciones en el extranjero del matrimonio Gorby-Raisa), y le dije, “¿cuánto tiempo tengo?”. “45 segundos”, e insistió: “Y 45 segundos son 45 segundos”. Ese día sólo hablé 45 segundos, ni uno más, ni uno menos. Iñaki en estado puro.
Quería tener
un buen final en la radio, y no sé si lo tuvo a su gusto, o hubiera preferido alargar más la etapa de ‘Hoy por hoy’. Le hicieron el “encargo” de mudarse a la tele (primero a ‘Cuatro’ y después a ‘CNN +’ hasta su cierre) y aceptó por disciplina. Pero aún hoy, en que ha colmado todas sus ambiciones en la comunicación y es consejero de la SER y de Prisa radio (América incluida) y firma su videoblog en El País y sus entrevistas en Canal +, estoy convencido de que echa de menos el micrófono día a día en la radio. Su casa.
No lo dirá, aunque lo piense. Son esas cosas que sólo se mencionan en un ascensor, donde parece que el tiempo queda suspendido y nada de lo que se diga ahí va a trascender. El día que bajábamos en ascensor en Radio Madrid para ir a presentar el libro Ciudadano en Gran Vía, me confesó: “Todavía no sé como les dije que sí”.
Este año se ha llevado la alegría por la que había esperado tanto, desde los tiempos de Franco que le costaban a su padre días de cárcel cada vez que el dictador sacaba a pasear el Azor en aquellas aguas, y durante el calvario de una familia nacionalista que repudiaba el terrorismo con vehemencia. La renuncia definitiva de Eta a las armas. Se lo preguntaré hoy.