
APT
El Instituto de Estudios Hipánicos de Canarias, con sede en el Puerto de la Cruz, fue el escenario de la presentación del libro El sueño de la libèlula (Editorial Siete Islas), original del escritor Miguel Aguerralde. Fue introducido por el presidente de la Asociación de Periodistas de Santa Cruz de Tenerife (APT), Salvador García Llanos, quien coordinó el coloquio entablado después de la intervención del escritor y de la lectura de su texto, que decía así:
“El juego se ha detenido. Juegan blancas, pero hay un compás de espera. Parece que la partida no avanza, pero es en estos tiempos muertos en los que se ganan y se pierden las batallas. Los caballos blancos han salido, los peones centrales han ocupado E4 y D5 ante la parsimonia de las negras. El rey blanco ha enrocado, tras su poderosa torre. Sin embargo, las negras están faltas de piezas, su reina ha tenido que salir, y aunque su posición no está nada aún comprometida, sí que ha dejado demasiado expuesto al rey negro. Solamente un caballo se asoma para apoyar tímidamente la partida”.
¿Estamos ante un fragmento de la crónica de una partida de ajedrez? Bueno, El sueño de la libélula (Editorial Siete Islas), la trigésima publicación de Miguel Aguerralde, es un compendio de sugerentes opciones y posibilismos para los lectores que sean (o estén) ávidos de misterios, hasta asemejar una partida de ajedrez en la que nada resulta ser lo que parece.
“–¿Qué debo hacer? – chillo.
El tictac del reloj me apremia, no me deja pensar. La mujer me observa desde su cara vacía. Se acerca a mí y siento un escalofrío.
Su mano en mi cuello es tan suave que me produce grima. Arrima su cuerpo al mío y se deja caer en mis brazos.
–Juega.
El tablero se vuelve a estremecer y pierdo el equilibrio. La mujer ya no está, oigo su risa enlazada con la cadencia del reloj. El rey negro sale desde detrás de un esbelto alfil que apenas le protegía y da un paso hacia donde le esperan los dos caballeros blancos. La dama negra no hace nada por evitarlo. Esta vez no hay tiempo de espera. Despacio, muy despacio, el alfil blanco de dama entra en escena y se introduce entre sus dos caballos. La defensa de blancas no puede ser más sólida”.
Estamos, simplemente para acercarnos y meternos de lleno en la trama concebida por el autor, reproduciendo la antesala de uno de los capítulos de esta novela policíaca de corte noir en la que ustedes podrán pasear y dejarse envolver en los ambientes de Las Palmas de Gran Canaria, Arrecife de Lanzarote y París.
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Agradecemos, por cierto, a Miguel Aguerralde, a su editorial y al Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias, su confianza y la oportunidad que se nos concede para glosar esta obra, enmarcada en la tradición de la novela policial más urbana que desmenuza las complicaciones de un robo, aparentemente sencillo, pero que termina por acarrear consecuencias nefastas para sus protagonistas.
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“–¡Esta partida es imposible! –grito al vacío. ¡Quiero salir! (Nosotros para retomar el hilo con el que iniciamos este texto). El suelo tiembla de nuevo, abro las piernas para no caer pero termino rebotando de un peón a otro en el centro del tablero. Las manos heladas de la mujer me detienen. El movimiento para y percibo que el reloj también lo ha hecho. El tiempo se detiene, un descanso, por fin. Piensa, maestro del ajedrez, piensa. Pero el tictac comienza de nuevo. Primero, espaciado, tic, tac, progresivamente acelera. Las enormes figuras me rodean, dispuestas a entrar en batalla tras la apertura. Tic. Tac. Tictac. Mueven negras”.
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Aguerralde, residente en Lanzarote, maestro de primaria, escribe con soltura sobre suspense y terror. Es miembro de Nocte y de Esmater, colaborador habitual de la revista Ultratumba y de la web Paraíso4, además de articulista en la publicación local Yaiza te informa. Ha participado en antologías de relatos. En la oscuridad y El fabricante de muñecas (Click Ediciones, Grupo Planeta, 2014) son las primeras novelas de su personaje referencial, Matt el Rojo.
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En este robo sobre un tablero de ajedrez, palpa el autor que “el tiempo va muy deprisa cuando estás inconsciente”. Todavía -dice, a modo de sinopsis- no comprendo cómo pudo complicarse tanto.
Salir y entrar de la cárcel, salir y entrar del hospital y, entre medias, las piernas de Noelia Soto. Debí intuir el desastre en cuanto asomó por aquel bar. No debía ser complicado robar el cuadro. Ni siquiera tenía que ser difícil volver a encontrarlo. Pero esta novela es el testimonio de cuando todo sale mal, da igual cuánto tiempo dediques a planificarlo. A veces la partida se tuerce y no queda otro movimiento que tratar de evitar el jaque mate. Pero, ¿qué se puede hacer, cuando toda la partida está amañada y nada llega a ser lo que parece? El título del capítulo 3, es como una atinada síntesis “De cómo llevar a cabo un atraco casi perfecto y, a continuación, joderlo todo”.
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La libélula –permitan esta breve digresión– es un insecto paleóptero, es decir, perteneciente a la familia de los que no pueden plegar las alas sobre el abdomen. Se caracterizan por sus grandes ojos multifacetados, sus dos pares de fuertes alas transparentes y por su abdomen alargado. Se alimentan de mosquitos y otros pequeños insectos como moscas, abejas, mariposas y polillas.
Las libélulas no pican a los humanos y son valiosos depredadores, ya que controlan las poblaciones de moscas y mosquitos, algunos de los cuales transmiten enfermedades como el dengue. Algunas especies son migratorias.
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Miguel Aguerralde, por cierto, vive en la misma isla, Lanzarote, donde residió y enseñó Lengua y Literatura, un insigne portuense, Agustín Espinosa, tantas veces ponderado aquí por ilustres y prestigiosos estudiosos de su obra, incluso por una directiva de la casa, su sobrina la profesora Margarita Rodríguez Espinosa.
“Aquí en el Puerto de la Cruz, nací yo, en una casa cuyo mirador estoy viendo mientras te escribo (hay que situarse en la antigua calle Iriarte), tan alto casi como la torre de la iglesia. Aquí, por estas calles, callejones y callejas, he correteado y he palanquineado hasta los doce años, como lo hace ahora mi hijo. Es un pueblo que tuvo, como yo, su historia. Que vive, como yo, también de recuerdos. El mar le canta y arrulla diariamente como una madre a un niño inválido, y de noche le cuenta, con voz de trueno, cuentos de brujas, trasgos y cosas de Tócame Roque que hacen más silencioso y duro el sueño”.
Espinosa es el autor de Crimen, una novela surrealista, como él mismo la denominó. Quizá por eso, el escritor Alexis Ravelo siga imaginando que los últimos y contados ejemplares estén escondidos o sepultados en los cimientos de algún hotel de la localidad. Crimen pudo haber desaparecido así, en un secreto auto de fe, o bajo un montón de tierra y cemento, como se ha dicho que pasó con la mencionada copia de La edad de oro y como podría haber ocurrido con la figura del propio Espinosa, “el surrealista que rompió la baraja”, en majestuosa definición del maestro Juan Cruz Ruiz.
Si no fue así, se debió únicamente al esfuerzo de una serie de personas que amaban su obra. Justo por los mismos motivos, porque una serie de personas aman la obra de Espinosa (entre ellas está, seguro, Miguel Aguerralde), más de ochenta años después de su aparición, fue posible volver a leer aquella sin igual novela que, en cualquier momento, se evoca de forma gratificante.
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Volviendo a la obra de Aguerralde, solo separada en el título por el artículo determinado de inicio del libro del novelista japonés Natsumo Soseki, destaca por su estilo visual y su facilidad para envolver al lector en enigmas llenos de misterio y situaciones límite, tras una sucesión de giros imprevistos.
Con El sueño de la libélula, el autor continúa ampliando su catálogo como uno de los autores de novela negra más leídos de Canarias. Habitual de festivales de género como la Semana Negra de Gijón, Tenerife Noir, Las Palmas Confidencial, el Festival Agatha Christie con sede en el Puerto de la Cruz o Pamplona Negra, entre otros, y reconocido a nivel nacional gracias a trabajos como Claro de Luna, Última parada, Despiértame para verte morir o Alicia; además de las novelas románticas La chica que oía canciones de Kurt Cobain y Todo aquello que nunca te dije; y de la saga de novelas juveniles de Allister Z.
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Lo que nació como un relato breve allá por 2015, en la cama de un hospital, cuando el el ajedrez, en aquellos momentos, tenía poco que ver, se convirtió en una novela, la novela de una partida retorcida que obliga a buscar el jaque mate. Pero hay una sensación continuada de amaños. Entonces, ya lo comprobarán los lectores, nada llega a ser lo que parece. El sueño de la libélula es un retorcido juego del engaño, el último viaje de un ladrón de guante blanco que, en el ajedrez como en la vida, jamás aprendió cómo se gana.
En Playa Blanca, donde escribió las últimas líneas, Aguerralde dispuso las piezas y adelantó el peón blanco de rey –escribe– “para comenzar una nueva partida. En la última, jugada con fuego real, habían ganado negras”.