FÉLIX MADERO / ABC
Al comienzo de la novela de Vargas Llosa Conversación en la Catedral el periodista Santiago Zavala, Zavalita, un genuino trasunto de su destartalado país, se pregunta por el momento en que se jodió el Perú. He leído tantas veces el arranque del libro que memorizo sus frases y por eso imagino el escenario en el que Zavalita y el negro Ambrosio enjaretan cuatro horas de conversación en el infame bar de la Catedral.
Pero los buenos arranques de una novela tienen mucho de universal, y porque lo son puede uno preguntarse lo mismo pero en su país. Y España, ¿cuándo se jodió? Dudo que la respuesta la tenga alguien del PP o el PSOE, a fin de cuentas parte activa en la jodienda de una nación que soñó ser lo que nunca sería. España se jodió el día en que empezamos a creer que cumplir las reglas del juego no era asunto importante. Inventamos normas, leyes y reglamentos que olvidamos con desparpajo y rapidez. ¿Un ejemplo? El día en que un acosador sexual condenado daba al PSOE la alcaldía de Ponferrada, la televisión nos regalaba a Elena Valenciano contando lo que han hecho por las trabajadoras. Ay Nevenka, pobre, si no hubieras sido de derechas y tan guapa…
El CIS asegura que jueces y periodistas son las profesiones peor valoradas. O sea, que dos colectivos esenciales en democracia no cuentan con la comprensión de seis de cada diez españoles. Pensaba que semejante honor era de los políticos, y por eso creo que las 2.472 encuestas del CIS se las han hecho, una detrás de otra, al portavoz del PP Carlos Floriano, un dirigente amable y sobreentrevistado que debería reflexionar sobre los benéficos efectos que el guardar silencio procura. Los periodistas hemos de asumir que nos hemos esforzado en el deterioro de un oficio que mereció aplausos y reconocimientos. Antes, los que trabajamos en medios respetuosos percibidos como serios por los lectores sean o no nuestros, creíamos que eran los programas basura de la televisión los que desenfocaban nuestra profesión. Hoy ya no vale semejante argumento. Enredados en cuadras que te señalan como de derechas o izquierdas; contentos por ser percibidos así; dispuestos a no querer saber quién paga algunas nóminas; blandos con los bancos y empresas que compran parte del capital de periódicos, radios y televisiones; pastueños y blanditos con los que supuestamente son los nuestros. ¡Maldito verbo suponer!
¿En qué momento se jodió esto? Pues justo en aquel en el que los periodistas dejamos de creer que cumplir las reglas del juego era importante. Tiempo hubo en el que los grandes enseñaban que en la jubilación nuestras carreras quedarían justificadas si los que nos leyeron y escucharon no podían adivinar lo que éramos, tal vez de derechas, tal vez lo contrario. Hoy semejante razonamiento provoca la risa y nos coloca cerca de Zavalita, ese periodista peruano que hablaba en la Catedral con el negro Ambrosio, un tipo especializado en matar chuchos en la perrera municipal. Esa era su compañía. Hermosa metáfora que anuncia un final que ya nadie puede evitar.