
Salvador García Llanos | Nos conocimos en la entrada a la sede del desaparecido vespertino La Tarde, en la calle Suárez Guerra de la capital tinerfeña. Nuestro periodismo entonces era de rebeldía, de juvenil inquietud por interpretar la realidad, de mirar alrededor con espíritu crítico o inconformista, de entusiasmo por plasmar cosas diferentes, de trasladar al papel las cosas que sucedían en el territorio donde convivíamos que empezaban a resultarnos familiares.
Traían los textos mecanografiados, firmados por Grupo Carmelo Martín Zenaido. Allí convergíamos, en la primera planta, junto a las mesas de Juan González Ramírez y de José Manuel Pérez Borges, que eran las primeras en la redacción (al fondo, en el lado opuesto y con su sonido característico, los teletipos). Se les veía siempre inquietos, pendientes de las correcciones sobre la marcha, del uso adecuado de las mayúsculas. Algunas se arreglaban con bolígrafo, pero qué hacer cuando machacábamos la tecla. Había que rehacer el texto, pasarlo a limpio, según recomendaban Enrique García Ramos, Óscar Zurita o Luis Ramos, los veteranos.
Era el periodismo primario, el oficio que aprendimos con entrega, con ilusión y leyendo lo que caía en las manos, o lo que indagábamos. La Tarde no resistió el nylonprint, aparecieron otras cabeceras, el fenómeno radio eclosionó, aquel grupo se disolvió, nos fuimos buscando la vida: la agencia propia, la administración, los medios nacionales, las cadenas radiofónicas, la música, los libros, la cultura, los espectáculos, las incursiones empresariales, las mil y una gestiones, los mil y un tropiezos… Pero siempre el espíritu indómito, la incursión, el sí se puede, la penúltima gestión… Ya estaba el fax y la tecnología digital abría las puertas.
(Después nos dejó Martín, madridista eterno, incansable, explorando cualquier selva cultural. Y empezamos a quedar huérfanos, faltaba alguien y nada era lo mismo. En las coberturas, faltaba alguien o algo. Martín Rivero, que no descansabas, que llegabas por muy elevadas que fueran las dificultades. Siempre estarás entre nosotros).
Su hermano Carmelo, Carmelo Rivero Ferrera, se quedó para seguir escalando con su paso por la radio (Cadena Ser), por la incipiente televisión local (Canal 7), por la RadioTelevisión Canaria (a cuyo parto asistió y en cuyo crecimiento participó) y por la corresponsalía del diario El País, cuando el periódico impreso llegaba a los quioscos de la isla a primera hora de la tarde y todavía significaba casi lo principal para estar bien informado.
Luego tocó simultanear con la dirección de La Gaceta de Canarias, creyendo que las aventuras empresariales no tenían fin y había café para todos en unas islas que no paraban, eso sí, de demandar información, aunque la vertebración social era un anhelo que los intereses empresariales se encargaban de frenar.
Hasta que tocó el salto a la dirección de Diario de Avisos, el periódico que se hizo a sí mismo, respetuoso con sus antecedentes y sus orígenes. Carmelo sucedió a directores excelentes para converger con un emprendedor tenaz como Lucas Fernández, en unos momentos decisivos para el periodismo y la comunicación en los que hay que labrar nuevos caminos y afrontar nuevos desafíos.
Ahora una nueva etapa: la jubilación (activa, faltaría más), el paso a la lectura incesante de tantas cosas pendientes, a la atención de las innovaciones que siguen rumiando y el seguimiento de unos cuantos apremios informativos, válidos incluso para dejar su sello, si se tercia.
Ahí se le distingue con el premio Patricio Estévanez, instituido por la Asociación de Periodistas de Santa Cruz de Tenerife (APT), antes Asociación de la Prensa, para distinguir una trayectoria, un compromiso con el periodismo y la dedicación a su ejercicio indesmayable.
Hoy, con el gánigo de honor, un símbolo de la canariedad de siempre, tras una densa y extraordinaria trayectoria profesional. Carmelo aglutinó todo eso.
Te lo mereces. ¡Enhorabuena, amigo!