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Juan Cruz, medio siglo de oyente

Carmelo Rivero relata el homenaje tributado por el Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias al escritor y periodista portuense.

CARMELO RIVERO / RTVC

Al periodista Juan Cruz se le ha pasado volando medio siglo de profesión, y al cabo de ese viaje, cargado de libros propios y ajenos, confiesa, como si diera la razón a Borges, que toda la vida ha querido ser un lector. Y, sin embargo, a juzgar por las revelaciones de la infancia que nos hizo en el homenaje que le tributó el Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias del Puerto de la Cruz, en su casa no transitaban, precisamente, periódicos ni libros.

Por eso, cuando una de sus hermanas lo vio tratando de montar su primera biblioteca con tres volúmenes de Unamuno de la colección Austral, le comentó, sin mala intención, ante el fondo tan escaso de su estantería, que nunca la iba a llenar.

El autor de Crónica de la nada hecha pedazos y reciente Premio Nacional de Periodismo Cultural hubo de labrarse una trayectoria en las letras partiendo de la desventaja de ser un niño que no iba a la escuela por culpa del asma y que aprendió a leer y escribir con ayuda de la madre, que todo lo que sabía, lo sabía sin que se supiera de dónde lo sacaba. Contó la anécdota de la página suelta de un periódico de 1956 con el relato de un trágico temporal en la isla de La Palma que entró, inopinadamente, en la casa y fue leída y requeteleída por la madre hasta la saciedad.

“Uno se hace leyendo y escuchando”, sentenció en mitad de una conferencia delante de un público que a estas alturas ha podido leer muchos de los libros que el periodista y escritor Juan Cruz ha publicado tras muchas lecturas y audiencias (Retrato de humo, El sueño de Oslo, Serena, Exceso de equipaje, El territorio de la memoria, La foto de los suecos, El peso de la fama, La playa del horizonte, Ojalá octubre…).

‘Oyendo a los otros’, título de su intervención escrita, fue un recorrido por los libros y las personas que ha conocido en su vida. Pero habló también de los que no le dejaron escuchar de niño. Porque toda su carrera es consecuencia, acaso, de una voz de adulto que en un zaguán le recriminó a los 7 años que oyera lo que estaban hablando las personas mayores.

Juan Cruz estuvo entrañable y divertido el día de su cumpleaños en que, delante de hermanos y parientes, y rodeado de muchas fotos familiares y profesionales, habló de sus padres, de sus amigos y del nieto, y contó pasajes de una travesía entre escritores y galardones, en compañía de las palabras que no le han dejado solo en 50 años de periodismo imparable, cuyos sucesos ha contado en dos volúmenes de memorias literarias, Egos revueltos, Premio Comillas, y Especies en extinción.

El foguetero

Para llegar a ser un gran periodista, uno de los grandes del periodismo europeo contemporáneo, no fue imprescindible, como vemos, haber nacido en el seno de una familia donde se leyera y escribiera, sino todo lo contrario. De ahí que Juan Cruz fue otras cosas primero, foguetero, empleado de una concesionaria de coches que ponía en orden los albaranes de la empresa, y hasta ‘buscador de tesoros’, porque le daban medio duro si llevaba a la chatarrería lo que encontrara en el barranco.

Emilio Lledó y Domingo Pérez Minik eran, a su juicio, gente que daba gusto escuchar; los describió hablando mientras paseaban como discípulos de Platón. Relató algunos de los encuentros más señalados con autores que fueron faros de su vida: la vez que vio en una calle de Amsterdam, en compañía de Carlos Schwartz, a Julio Cortázar, después de haber ‘devorado’ Rayuela con tal fruición que no dejaba tocar la habitación del Colegio Mayor San Fernando a la señora de la limpieza, hasta que acabara de leerla. El día que conoció a Guillermo Cabrera Infante, en su casa de Londres, el autor de La Habana para un infante difunto no dijo nada, y la velada la salvó su esposa, la actriz Miriam Gómez, que suplió al autor sumido en un profundo silencio. Pasaba crisis nerviosas temporales, que lo apartaban del mundo. Juan Cruz había leído de un tirón su novela representativa, Tres tristes tigres, y se reconoce obsesionado en aquel trance por la escritura posesiva del exiliado cubano.

Mario Vargas Llosa, Jua
n Marsé, Manuel Vázquez Montalbán, Susan Sontag, Saramago, Benet, Martín Gaite… Habló de ellos, los autores que ha tratado y, en algunos casos, ayudado desde ‘Alfaguara’ (la editorial que dirigió) hasta verlos recoger el Nobel. Y en esa galería de personajes entraba y salía la madre, que tenía aptitudes para el cuentacuentos, “y habría sido una buena novelista de intriga”: contaba a las costureras de la casa historias de curas que se fugaban con amantes y de iglesias exorcizadas.

Los más influyentes

La charla y el homenaje al periodista y novelista portuense había sido presentada por el presidente del instituto, Nicolás Rodríguez Münzenmaier. Un documental de media hora realizado por el cineasta Miguel García Morales recogía las múltiples entrevistas filmadas que ha realizado Juan Cruz en los últimos años en Canarias y Madrid. En la sede del instituto podía visitarse simultáneamente una exposición con fetiches del homenajeado y de los autores que más le han influido: los citados Cabrera Infante, Cortázar, Vargas Llosa, Pérez Minik, Saramago y Lledó, pero también Günter Grass (que le envió una carta manuscrita con un dibujo tras recibir el Nobel), los poetas Ángel González y Manolo Padorno, el novelista uruguayo Juan Carlos Onetti, náufrago en la cama; el célebre guionista de cine Rafael Azcona y Manuel Vicent.

A los postres de su intervención, cuando ya sabíamos que no está reñido vivir aislado entre cuatro paredes con asma y sin nada que leer y, sin embargo, acabar siendo un lector de por vida y, como consecuencia, un escritor, el conferenciante, que esa misma noche iba a recibir una tarta por su 65 aniversario y una foto de gran tamaño como regalo, contó cuándo llegó la radio a su casa, con su sintaxis, a ayudarle a aprender a escribir, leer y escuchar. “Me hice periodista gracias a la radio y a una página de periódico de 1956”, recapituló.

En su barrio del Puerto de la Cruz se corrió la voz de que él sabía leer y escribir, y acudían a verle las mujeres de los emigrantes para que les escribiera las cartas en las que primero guardaban las normas de cortesía (“Querido…, me alegro de que al recibo de esta mi carta te encuentres bien, nosotros bien, gracias a Dios…”) y a continuación descargaban toda la ignominia del abandono y acuciaban al marido afincado en Venezuela con la tromba de males y desgracias ocurridos en su ausencia.

Donde guardan los libros

Escuchándole contar sus memorias de ‘oyente’, se nos confirmaban las vueltas de la vida para enredar en sus lianas poderosas el destino de unos y de otros sin aparente coherencia. Los libros atraparían a Juan Cruz, finalmente, en una biblioteca (ya no la de su “estantería utópica”), la del mismo instituto fundado en los años 50 en el que hablaba, donde le prestaron tres obras cuyos títulos no olvidará jamás: Pequeñeces, de Luis Coloma; Viaje al fondo de la Tierra, de Julio Verne, y Oliver Twist, de Charles Dickens. A ese centro le ha donado los casi 15.000 libros de su actual biblioteca personal. De aquellas primeras lecturas (incluidas la revista Destino que su padre le llevó una vez que él le pidió aleatoriamente algo para leer, y las aventuras del ‘Capitán Trueno’, que debió a su hermano Paco), y quizá también del roce de un matrimonio vecino de suecos (ella escribía), nació casi sobre la marcha el periodista futbolero de Aire Libre, donde se publicó lo primero que salió de su pluma, la crónica de un partido, hace cincuenta años. “Esta es la caja negra de mi vida”, zanjó sin buscar explicación lógica a los hechos acaecidos. Nada pasó porque sí.

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