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De Salcedo, de Ricardo, del magisterio (y un par de cosas sobre Tintín)

Francisco Pomares se suma al homenaje al periodista y profesor con un relato sobre las tres últimas décadas del periodismo local.

FRANCISCO POMARES / DIARIO DE AVISOS

La primea vez que escuché hablar de Ricardo Acirón fue en casa de Ernesto Salcedo, por aquél entonces director del periódico El Día y por lo tanto su jefe. No recuerdo por qué, pero creo que Salcedo bien podía estar enfadado por el enfoque -responsabilidad de Ricardo- que El Día había dado a una información o a una entrevista. Debía ser el año 78 o el 79 y en aquellos tiempos una diferencia de criterio en la redacción solía resultar algo más que mera cuestión de rutina.


Por situar esta historia en relación a sus personajes, diré que Salcedo vivía ese punto crítico de la vida en el que uno comienza a estar de vuelta de casi todo. Es el periodismo una profesión singularmente dura, no sólo para quienes sufren sus efectos, también para los que la practican, y Salcedo estaba llegando a ese momento especial -fatídico para un periodista- en el que las gentes comienzan a respetarte más por lo que representas que por lo que haces o incluso por lo que eres. Supongo que por eso le llamaban maestro. Y supongo también que en la elección entre sentirse satisfecho o amargado por un calificativo que es antesala segura de la jubilación, Salcedo optó siempre por el muy católico y sensato ejercicio de la prudencia: aceptaba con cierto impúdico desdén que algunos a los que no apreciaba (a los que detestaba, incluso, porque Salcedo era un tipo muy jacobino) le halagaran llamándole maestro. Con otros, con esos pocos a los que había adoptado como pupilos, ejercía realmente, sin aspavientos ni ceremonias, el magisterio de su oficio, su genio y sus trucos.


Ricardo Acirón era ya por aquel entonces un curioso ejemplar de periodista hambriento de profesión. Formado, discreto, riguroso y entregado hasta el tuétano a los afanes de su tierra adoptiva, Ricardo opositaba para convertirse en uno de esos herrajes seguros con los que el periódico El Día había ido blindando su trayectoria al servicio de las causas de Tenerife. Ricardo era todavía un hombre muy joven, pero había aprendido entre los teletipos el latín que no se aprende en la Universidad (ni siquiera en una Universidad tan dada a los latines como la de Navarra, en la que se licenció). Ricardo creció como escribidor ejerciendo la profesión en los últimos tiempos del franquismo y los primeros de la Transición. Se ha dicho que fueron tiempos gloriosos para el periodismo, pero yo no estoy del todo de acuerdo. Es cierto que la frontera entre lo posible y lo imposible se decidía casi al mismo tiempo que el tamaño de los titulares y el grueso de los corondeles, pero también hubo muchas miserias. La cuestión es que ese tiempo que hoy recordamos de compromiso, valor y paciencia, forjó en algunos ciertas cualidades. Ricardo fue uno de esos algunos, y para el 78 o 79, cuando arranca mi particular historia con él, el periodista se las sabía ya casi todas.


Y aquí entro yo. Ocurre que también me sentía periodista: había tenido la ocurrencia de querer serlo desde mi infancia, me avergüenza reconocerlo, después de devorar las aventuras de Tíntín. Por cierto, que es un periodista singular este personaje de Hergé: jamás nadie le vio escribir una sola crónica o dictar un artículo. Frecuentaba yo por aquel entonces -78 o 79, ya digo- la casa de Salcedo, primero con la excusa de consultar su inagotable biblioteca, y luego con la intención de pretender a su hija. Con 21 o 22 años y la pedante soberbia adecuada a las pocas luces de la edad, las diferencias entre el maestro Salcedo y su pupilo más aventajado se me antojaban absolutamente inconsistentes. Ellos discutían el pan y la sal de un periodismo que a fuerza de pegado al terreno, de local y provinciano, discurría por menudencias muy alejadas de mis relevantes y trascendentes preocupaciones internacionales. Mientras Salcedo y Ricardo echaban -cada uno en su caldera, los dos en las carboneras de El Día– leña al fuego de los debates que han construido esta región, yo andaba más pendiente de la revolución jomeinita, las elecciones sindicales en Polonia o la oposición a la dictadura argentina. Una relectura ideológica de los álbumes infantiles me había convertido en algo parecido a un periodista viajero. A fuerza de ser sincero, he de decir que aquel periodismo mío tan ajetreado y tan exótico no se comió más que un modesto par de roscas en papel impreso, y si sirvió para cambiar alguna conciencia, seguro que fue la mía. Me permitió, eso sí, dedicarme durante unos años a un turismo profesional que recuerdo y añoro con verdadera nostalgia.


En abril del 86 volví de un viaje a Nicaragua para enterrar a Salcedo, que por entonces era mi suegro. En aquellos días, supongo que tomando una copa en homenaje al viejo maestro, un Ricardo posiblemente no muy sobrio me ofreció escribir un artículo semanal sobre cuestiones de política local en el vespertino Jornada, que él gobernaba. Por supuesto que acepté. Sobre todo por vanidad. O quizá por vergüenza torera. Pero también porque no tenía nada mejor que hacer. Así, durante dos años seguidos, Ricardo me obligó a entregar ese artículo todos las viernes, y después me animó a corregirlos, darles forma y publicarlos como libro, el primero que edité en mi vida, y que él se ofreció a prologar.


Han pasado muchos años desde entonces, y puedo decir con satisfacción que conozco algo a Ricardo, ahora mejor que hace unos años, y en lo que no le conozco creo que le intuyo, aunque bastante menos de lo que necesitaría para conocerle de verdad. Y porque me he tomado la molestia de leerle durante años, puedo decir que su estilo, su impulso y sus trucos cada día me recuerdan más a los de su viejo maestro. Y no es que la prosa de Ricardo recuerde la de Salcedo. No. Son periodistas de dos generaciones distintas, difícilmente podrían parecerse en las formas. Cuando hablo de estilo no me refiero a la escritura, sino a esa particularidad tan de la raza de los escribidores, que es la de estar de vuelta de casi todo y aún así aferrarse a esta profesión, a su ética arcana y a sus viejas e inmutables claves, como a una tabla de salvac
ión en medio de la vorágine del periodismo acobardado, tramposo, amarillo, espectacular o entregado que nos rodea por todas partes. Cuando hablo de impulso, me refiero a la irremediable voluntad de escribir que llevó a Ricardo desde las páginas de El Día –su casa de siempre- a las de La Opinión de Tenerife, en cuyo Consejo recaló cuando a un tipo envidioso le molestó que el Cabildo reconociera su dedicación a la isla. Y también me refiero a la irremediable voluntad de escuela y magisterio que sirvió para que el CICICOM creciera hasta dar paso a la Facultad de Ciencias de la Información de La Laguna, que hoy precisamente cumple 25 años, y que ha decidido honrar a nuestro hombre, porque Acirón ha sido uno de sus mejores profesores. Y habría seguido siéndolo, sin costarle un duro a nadie, si su voluntad no hubiera tropezado con una legislación absurda, que se empeña en apartar a los mejores cuando más útiles pueden ser. Ninguno de los trucos de Acirón podía servir para sortear este modelo burrocrático que nos hemos dado, y a partir de principios de este curso, este hombre influyente y modesto, este extraordinario director de tesis, este autor académico con docenas de libros a sus espaldas, se nos presenta a todos como carne de retiro…


Yo no le creo cuando dice que está jubilado. Yo creo que Ricardo sigue en su periodismo de siempre. Un periodismo que recurre a las tres tretas infalibles de esta profesión: la distancia del poder, el respeto a los lectores y el afecto a los hechos. Un periodismo de redacción de periódico, pegado a lo local, defensor de lo provinciano, de lo que nos atañe a nosotros, a esa inmensa mayoría de ciudadanos ajenos a las cuitas y andanzas de la Corte. Un periodismo, en fin, implicado en lo menudo. Un periodismo que no tiene nada que ver con el inexistente periodismo del añorado Tintín, ni con mis sueños de joven periodista de tebeo. Un periodismo que es hoy -en medio de la incertidumbre de internet y la muerte del papel, de la crisis del multimedia, de la manipulación de la verdad por periodistas vedettes y de la trágala política de los telediarios- el alma y la esencia del mejor periodismo que se hace en España. Y también del mejor periodismo que se enseña.

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