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Memoria de Suárez

Carmelo Rivero elabora una crónica acerca de sus encuentros puntuales con Adolfo Suárez, tanto en su etapa de presidente del Gobierno como al frente del CDS.

CARMELO RIVERO

En este artículo repaso una década de encuentros puntuales con Adolfo Suárez en su dimensión de presidente del Gobierno a caballo de los años 70 y 80, cuando fue ‘centro’ de todas las esperanzas democráticas frente a los supervivientes del viejo régimen franquista, y, más tarde, en la de líder discreto de un partido opositor que prolongó unos años la llama de su espíritu moderado y progresista. Quedan fuera de este prisma dos episodios, para desarrollar en otra ocasión: el reportaje, al alimón, con él y Luis Herrera Campíns, presidente de Venezuela, y las gestiones fructíferas para obtener un texto suyo sobre Iñaki Gabilondo, periodista clave en la Transición, que publicamos en el libro titulado ‘Ciudadano en Gran Vía’. Con Suárez, la relación personal y profesional fue siempre exquisita, acompañada de la sospecha de estar, sin embargo, ante un ser humano frágil, aunque valiente, que transmitía un extraño desamparo en mitad de su grandeza. La foto de apertura tiene el valor del momento, dos meses antes de su dimisión; corresponde a una entrevista que le hice, en diciembre de 1980, mientras bajábamos la escalerilla del avión, en una escala en Tenerife, camino de Bogotá.


En abril de 1978, Suárez se subió al avión y voló a Canarias con dos ministros, Martín Villa (Interior) y Otero Novas (Presidencia), y el vicepresidente primero del Gobierno, Gutiérrez Mellado, a enfrentar “de cara”, como dijo, los problemas de las islas, pocos días después del atentado que sufrió Cubillo en Argel.


Aparcó momentáneamente las discusiones sobre la Constitución y hasta el debate de fondo de los prolegómenos sobre el ingreso en la OTAN. En esos instantes decisivos de la historia de España, el alumbramiento de la democracia tras cuatro décadas de dictadura, la prioridad de Estado se llamaba Canarias.

Sobre las decisiones del presidente pesaban, de una parte, la amenaza secreta de los Estados Unidos de apoyar la independencia de las islas –como leen- si España no accedía a entrar en la OTAN y, de la otra, una estrategia similar de Argelia si no retiraba su apoyo a Marruecos sobre el Sáhara Occidental, del que pésimamente se había desembarazado España en 1975 para dejarlo bajo la órbita marroquí.


Lorenzo Olarte, asesor de Suárez, preparó concienzudamente la agenda del viaje, que sufrió un retraso de última hora, por la presencia en Madrid de Tarradellas, que había regresado del exilio para presidir la Generalitat provisional, y, sobre todo, por el deseo confeso de aguardar a la constitución de la primera Junta preautonómica de Canarias (el día 14), en medio de una crisis interna de UCD, que no se ponía de acuerdo dividida en dos familias y dos candidatos a la presidencia: los socialdemócratas (Fernando Bergasa, de Gran Canaria) y los liberales (Afonso Soriano, de Tenerife).


Suárez sentía, a su vez, la incómoda presión de la Organización para la Unidad Africana (OUA), que había acordado, pese a los esfuerzos disuasorios del ministro de Asuntos Exteriores, Marcelino Oreja (por entonces parecía más monográficamente un ministro para Canarias que para los asuntos exteriores de todo un país), enviar a Nueva York a su secretario general junto con Cubillo al ob jeto de demandar de la ONU la descolonización de Canarias, lo que hubiera sido un gran escándalo político nacional e internacional.


El intento frustrado de asesinato de Cubillo a cargo de dos sicarios a sueldo de la policía española precipitó el viaje presidencial a las islas. El atentado se produjo el 5 de abril y el viaje el día 20 del mismo mes. Suárez quería cerrar la herida y pronto.


Isla por isla


Ese día, con Alfonso Soriano, finalmente, al frente de la Junta elegida por sorpresa en el Parador de las Cañadas del Teide (los centristas liberales de Tenerife, con el apoyo del PSOE, se impusieron a los socialdemócratas de Bergasa), Suárez y su séquito aterrizaron en Los Rodeos, para dirigirse, sin pérdida de tiempo, en helicóptero, a El Hierro, donde comenzaría una gira crítica de una semana que aspiraba a contrarrestar, isla por isla, la tentación secesionista de cuño africano.


Cubillo había urdido el ingenioso artificio de unas islas decantadas hacia la independencia, y la OUA, por último, tuvo curiosidad por comprobarlo enviando en 1981 a su secretario general, Edem Kodjo, a pulsar la opinión de las autoridades de las islas y de la población. Bajo ese clima político de especial sensibilidad por la internacionalización del ‘problema canario’, Suárez se desplazó a archipiélago a ‘coger el toro por los cuernos’. Sus primeras declaraciones fueron:


“Esta vez no venimos a prometer nada, porque sé que están hartos de promesas”.


Después explicó que venía a “afrontar de cara los problemas y a buscar soluciones contrastadas con el sentir de la población”. Estaba en cuestión la llamada ‘españolidad’ de las islas y todavía no se veía con buenos ojos hablar de Canarias en relación con África, pues una cosa contravenía la otra políticamente (‘españolidad’ versus ‘africanidad’) en circunstancias que hoy se nos antojan tan lejanas y maniqueas.


En la agenda figuraban numerosos encuentros con los representantes de cabildos, ayuntamientos y Gobiernos civiles, queriendo eludir la flamante cúpula de la Junta de Canarias, que no era del gusto de la oficialidad de UCD. Soriano forzó el protocolo y se presentó con su equipo de gobierno ante Suárez en Los Rodeos, obligando a una fría recepción por cortesía.


El despacho en Canarias


“He trasladado aquí mi despacho de trabajo”, dijo Suárez a las autoridades herreñas (una pancarta lo había recibido con las cifras que retrataban el drama de la isla: ‘8.000 habitantes, 300 parados y 12.000 emigrados’). Prefería hablar menos y hacer más, para alejarse de los genuinos discursos franquistas, y midió las palabras.


Suárez dijo que venía “a afrontar de cara los problemas y a encontrar soluciones a corto, medio y largo plazo”. Y, en un ejercicio de pragmatismo, aseguró más: “La mayor parte de los problemas aquí planteados van a tener solución inmediata en las próximas semanas”. (Su impronta con las islas, a las que dedicó un consejo de ministros que marcó un precedente, las convirtió, con el paso del tiempo, en el último feudo del CDS, el partido que fundó después de UCD, como constata Fernando Ónega, su Director de Prensa, en el libro ‘Puedo prometer y prometo’.)


Las autoridades de las islas aprovecharon la visita con la mano tendida de un presidente (el primero en gira oficial desde la dictadura de Primo de Rivera), para leerle su particular carta a los Reyes Magos: carreteras, medios sanitarios y escolares…, y hasta mayores dotaciones militares para combatir el síndrome de indefensión.


En La Palma, un jovencísimo Francisco Sánchez, le interpeló saltándose el protocolo, para contradecir su sentido práctico de los presupuestos: defendió que no le fueran sustraídos los fondos destinados a los primeros telescopios para hacer carreteras. Y Suárez, contra todo pronóstico, se dejé convencer por la pasión del astrónomo.


A lo largo de los años, tuve oportunidad de conversar repetidas veces con el primer presidente de la democracia. Cuando eran visibles las fisuras de su partido, a finales de 1980, me sorprendía su confianza en que la sangre no llegaría al río. “Son manifestaciones de puntos de vista”, decía. “Estas tensiones son enriquecedoras”. Y negaba que hubiera “enfrentamientos viscerales; eso no es cierto”, a tan solo dos meses de verse obligado a tirar la toalla y arrostrar el 23-F, sin fuerzas ya para enfrentarse a los suyos y al asedio de los militares.


Planes de futuro


Suárez, apoyándose en la ejecutiva de UCD en el ala socialdemócrata y en los independientes de su partido frente a democristianos y liberales, hacía todavía planes de futuro. Mencionó, en particular, que tenía previsto nombrar en un inmediato consejo de ministros a Fernando Castedo para el puesto de director general de Televisión (la única, TVE, antes de que se privatizara el sector que conocía bien por haber dirigido el ente público). Aparentemente, tenía la mayoría con él, en vísperas del segundo congreso de UCD, y no cejaba en su propósito de consolidar “una opción de centro, moderada y progresista”.


En aquella oportunidad en que hablé con él de las llagas de su partido, hacía escala en Tenerife, camino de Colombia. Recuerdo que conseguí que en el Reina Sofía me dejaran abordar el avión antes de que bajaran los pasajeros, y Suárez aceptó generosamente concederme la exclusiva. Guardo esa foto descendiendo ambos por la escalerilla mientras le hago la entrevista. Era muy amable, un personaje encantador en la distancia corta, y tenía la sonrisa picarona de que hablaba su hijo cuando dio la noticia de la muerte inminente de su padre, una simpatía seductora que no le costaba esfuerzo. “Ya no vamos a América en el plano nostálgico] ]>

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