JOSÉ LUIS ARGÜELLES / LA NUEVA ESPAÑA
Hace sólo veintiún años desde que la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó el 3 de mayo como «Día internacional de la libertad de prensa». Es una fecha que tiene su historia. Hace referencia a la llamada «Declaración de Windhoek», un seminario que se celebró en Namibia en 1991. Allí se concluyó que una prensa independiente, pluralista y libre es indispensable para el desarrollo democrático y económico de un país. Dicho en román paladino («en el cual suele el pueblo fablar a su veçino», según quería Gonzalo de Berceo), que no hay manera de sentirse ciudadano sin disponer de periódicos que cuenten sin trabas lo que ocurre.
Por eso dediqué buena parte de la tarde de ayer, tras la lectura del bienintencionado escrito conmemorativo que han firmado Ban Ki-moon, secretario general de Naciones Unidas, e Irina Bokova, directora general de la UNESCO, a examinar el mapamundi que los expertos en la cuestión han dibujado. Asignan ahí a cada país de los dos hemisferios siete colores, del verde al rosa, en función del estado de amordazamiento y persecución que sufren los medios informativos. La composición cromática final es deprimente: la mayoría de la humanidad vive privada de un derecho considerado fundamental, el de la libertad de prensa, y la situación en buena parte de las sociedades que tenemos por democráticas es manifiestamente mejorable.
A lo largo del año pasado asesinaron a 77 periodistas (14 más en los cuatro meses transcurridos de 2014) y otros 211 fueron encarcelados. A esa cifra hay que añadir la de los secuestrados y amenazados, junto con la de los que se vieron obligados a exiliarse: casi medio millar desde 2008. Son datos para engordar la historia universal de la infamia, sin duda, y deberían ser una alarma para los demócratas de todo el mundo. Pocas cosas hay tan basales e importantes -y tan frágiles al mismo tiempo- como la libertad de prensa, que no es otra cosa que la garantía que nos permite emitir o recibir información sin controles o censuras estatales ni de otro tipo. Los suecos fueron los primeros en adoptar, a mediados del siglo XVIII, una legislación que asegurara ese derecho. Las democracias nórdicas pasan por ser, y así lo indican las tablas que elabora anualmente Reporteros Sin Fronteras, los países más respetuosos con una prensa libre y veraz.
No es necesario inscribirse en la heroica compañía de los reporteros de guerra para que te maten. Hay periodistas que aparecen con un tiro en la nuca en las geografías de los carteles de la droga o en las calles que llevan a las más sucias alcantarillas que comunican poder y dinero. Y ni siquiera hace falta malvivir en los países engrillados por turbias dictaduras, de un signo político y de otro, para darse cuenta de que la libertad de prensa está en peligro con frecuencia. Todo poder tiende a deificarse y perpetuarse mediante el despliegue de tácticas y estrategias de control informativo. Es la política por otros medios: o estás conmigo o estás contra mí. El buen periodista sólo está del lado de la verdad, con lo que él cree honestamente que es su versión de la verdad. Por eso molesta, porque no hay nada más revolucionario que la verdad.
Casos recientes, como los protagonizados por el exempleado de la CIA Edward Snowden y por Julian Assange con su sitio web Wikileaks, han permitido constatar el nivel de compromiso, vigilancia y tensión que exige preservar la libertad informativa incluso en democracias firmemente asentadas y con larga tradición de respeto al papel de la prensa. Los medios que decidieron publicar esas informaciones han rendido un gran servicio porque, al dar luz al laberinto, hemos visto de nuevo al minotauro en la inacabable tarea de dar cuenta de sus víctimas. Quizá los héroes de nuestro tiempo se llamen Bernstein o Woodward, en vez de Teseo, y aún no lo sabemos. Conviene recordar aquella frase de I. F. Stone que citaba siempre el maestro Manu Leguineche: «Todos los presidentes de Gobierno mienten».