SALVADOR GARCÍA LLANOS
Resulta poco ortodoxo comenzar con una justificación pero es obligada después de una información periodística aparecida hace unas fechas con un titular muy similar al de esta intervención. Pedro Bellido, a quien agradezco esta oportunidad, junto a la Asociación de Amigos del Museo, puede dar fe de que el nuestro, cuando ni siquiera habíamos comenzado a redactar el texto, le fue facilitado semanas antes de que Diario de Avisos publicara que “La ciudad aspira a albergar un museo de arte urbano en la calle”, cita textual del título de la información aludida.
Ocurre que llegó Mueca, ese Festival Internacional de Arte en la Calle que, en el programa de la edición recién clausurada, incluía como una de las novedades Puerto Street Art, un proyecto de mejora del entorno urbano mediante intervenciones artísticas en paredes medianeras, para entendernos: murales de medio y gran tamaño que habrían de propiciar una contemplación distinta y llamativa, una creación -mejor, en plural: unas creaciones- para admirar. Los muralistas, en efecto, tuvieron oportunidad de plasmar sus obras sobre privilegiadas paredes, “sin cuadrícula ni proyección de un boceto”, como se apuntaba textualmente en la mentada información. Y eso ha dado pie a que se interprete que la ciudad aspira a convertirse en un museo de arte urbano.
El objetivo, desde luego, es plausible pero, para evitar suspicacias y sesgos, era obligada una precisión, no fuera que se rebuscaran connotaciones e intencionalidades que no obedecen a la realidad. Estamos aquí para cumplir con un encargo de amantes del arte, para ofrecer una visión de intentos museísticos en la ciudad, proyectos que se desvanecieron por distintos motivos y realidades que han significado un costoso esfuerzo de promotores e instituciones.
De modo que hasta la irrupción de ese museo en espacios que forman parte de la geografía urbana, habíamos pensado inicialmente que, entre aquella iniciativa de los fundadores y primeros dirigentes del Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias y la reciente apertura del Museo de Arte Sacro de la parroquia de Nuestra Señora de la Peña de Francia, han transcurrido unos sesenta largos años en cuyo curso se han entrecruzado voluntades y realizaciones, pero también frustraciones y discontinuidades. No sabemos cuáles en mayor cantidad pero sí podemos afirmar que los museos portuenses han sido una referencia de la vanguardia intelectual de la ciudad y de los afanes emprendedores de su gente para proyectarla, para dimensionarla culturalmente y para hacer efectivo aquel pensamiento del escritor y periodista turco, Orhan Pamuk, premio Nobel de Literatura en 2006: “Los museos de verdad son los sitios en los que el tiempo se transforma en espacio”.
Así, se han sucedido etapas de desarrollismo, de modificaciones del modelo productivo, de esplendor, de estancamiento y de decadencia, en las que el hecho cultural siempre pareció condicionado y hubo de buscar su propio espacio. Solo la perseverancia de unos cuantos hizo posible que germinaran algunas semillas de proyectos museísticos. Con ella surgieron recintos -espacios- donde admirar la creatividad artística, la investigación de nuestros orígenes, el coleccionismo y hasta los avances científicos y tecnológicos.
El crítico y docente Ricardo Arcos-Palma, profesor de la Universidad Nacional de Colombia, estudioso de las relaciones arte-política, publicó en febrero de 2009 un interesante y reflexivo trabajo sobre “El museo en la era de lo global”, en el que después de insistir en la capacidad de procesamiento de las informaciones e interconexión, fuerza de comunidad y ciudadanía entre los usuarios de los museos, interpreta, ciñéndose al arte, la dualidad de Pamuk, al tiempo que da sentido a nuestra apreciación anterior:
«En estos términos -escribe Arcos-Palma- el espacio del museo de arte es un espacio en constante transformación y mutación que se adecua a las oscilaciones y tensiones culturales de nuestra época. Ya no tendría sentido pensarlo como algo que solamente tiene que ver con un pasado, con un ayer. Eso deberíamos dejárselo a los museos de historia que bien desarrollan esta función. El museo de arte, en tanto espacio cambiante, es un espacio reflexivo donde las nuevas tecnologías empiezan a generar una nueva relación con el mundo circundante. Querámoslo o no, nuestras sociedades de la información globalizada están enmarcadas dentro de un inmenso universo comunicacional. El arte y el museo de arte están atravesados por este mundo informatizado. Resta intentar pensar -concluye- un museo acorde a estas nuevas realidades y exigencias de un mundo cada vez más globalizado”.
Lejos se estaba en marzo de 1953, fecha de la inauguración de esta casa, de alcanzar esos niveles de globalización, pero ya se hablaba de fomentar las culturas española e hispanoamericana en la primera Memoria de su junta directiva y de exaltar el contenido apostólico y cultural de la Hispanidad, proyectándolo sobre otros pueblos.
La creación de un museo de pintura moderna animaba a los primeros dirigentes para la realización de aquellas finalidades. En la obra que subtitula Medio siglo de historia cultural, compendio de la trayectoria del Instituto publicado cuando éste cumplió en 2002 cincuenta años, el profesor Manuel Hernández González consigna los que debieron ser, después de las contiendas bélicas, los orígenes de museos portuenses propiamente dichos. Se refiere primero a un museo de pintura moderna; y detalla después, al aludir a la apertura de la sede, a dos museos que llevaban los nombres de Luis Diego Cuscoy y Eduardo Westerdahl, “el primero dedicado al campo de la arqueología insular y el segundo al arte contemporáneo… Dos significativas salas que hablaban a las claras de la vocación y de las ansias de proyección social de esta entidad”.
En su relato, el autor destaca los esfuerzos de la junta directiva, de modo que en 1955 queda abierta una sala museo con el nombre del brillante acuarelista Francisco Bonnín Guerín, en homenaje por su contribución a “ensalzar las bellezas de nuestra isla”.
Pero más reveladores son los
pormenores de lo que algunos consideran el núcleo original de la actividad museal en nuestra ciudad: es el célebre Museo Gómez, donado por Juan González San Juan y Leticia Gómez de González. Escribe Manuel Hernández:
“Estaba compuesto por valiosas piezas del pasado aborigen, entre las que destacaba el enigmático Guatiman, encontrado en Güímar, colecciones de mariposas, de armas y de maderas de los montes insulares. Gómez fue un comerciante portuense que se dedicó a la venta de testimonios arqueológicos de los primitivos habitantes de las islas, por lo que constituyó un fondo de primer orden, que nació en principio de su interés por vender “lo exótico” a los turistas que visitaban las islas a principios del siglo XX”.
En la obra del profesor orotavense, se resume en un capítulo ilustrativo “La frustración de un proyecto museístico de primer nivel”, una suerte de querer y no poder con tal de alumbrar el Museo de Arte Contemporáneo en la que no faltaron divergencias e intrigas. Entre los promotores, Eduardo Westerdhal y Alberto Sartoris albergaron una mayúscula decepción. Hay que lamentar la pérdida parcial de los fondos, en los que, al parecer, había obras maestras. Los intentos finales, como la exposición del Grupo de los Doce, en diciembre de 1964, fueron estériles.
Pero por fortuna, quedó semilla sembrada. Y ésta ha dado frutos con algunos hechos gratificantes que están frescos, en la mente de todos. Se van a cumplir, el próximo junio, siete años de la inauguración del museo que lleva el nombre de una figura insigne de la cultura canaria, Eduardo Westerdhal, artista surrealista, creador, escritor y crítico de arte, muy vinculado al Instituto.
Fue el director de la siempre tan mencionada edición internacional de cultura Gaceta de Arte, fundamental para interpretar las vanguardias artísticas española y europeas. Se le recuerda también por haber sido el organizador de la primera exposición surrealista que se celebró en el mundo, en 1935, en el Círculo de Bellas Artes de la capital tinerfeña. Su intervención en la organización de la primera Exposición Internacional de Escultura en la calle, también en Santa Cruz de Tenerife, fue determinante. Buena parte de sus obras aún permanecen en vías y ramblas santacruceras.
Los actuales dirigentes del Instituto y los portuenses todos tenemos razones para sentirnos orgullosos de contar en este museo (con denominación abreviada, MACEW) con obras de artistas de gran renombre. La colección está distribuida en cuatro grandes áreas: una dedicada al surrealismo; otra al arte internacional en el período que va desde 1935 a 1964; una tercera al arte español de posguerra y finalmente, la que agrupa a autores canarios.
Después de cuarenta años, aquella aspiración se materializó en la remodelada Antigua Casa de la Real Aduana. La iniciativa propiciaba rendir tributo a la estatura creadora de Westerdhal y de otros sobresalientes autores, a la vez que saldaba, si nos permiten la expresión, una cuenta pendiente. Con el MACEW se ha logrado que el Puerto no pierda uno de los centros de arte que mejor puede proyectar su inquietud cultural e intelectual. Nos constan los propósitos de expansión para engrandecerlo. Solo cabe apoyar a quienes están en el empeño y esperan un resultado positivo de negociaciones con otras instituciones públicas. Solo decimos que ojalá no haya que esperar otras cuatro décadas para que fructifiquen.
En mayo de 1991, justo un día después de unas elecciones autonómicas y locales, abría sus puertas el Museo Arqueológico Municipal, ubicado en una vieja casona del siglo XIX, adquirida por el Ayuntamiento, que da a las calles San Felipe y Lomo. Durante un mandato municipal, nos tocó presidir el patronato que lo estructura. Con sus componentes nos percatamos del celo para investigar en nuestro pasado más remoto y para conferir al “conservacionismo” aplicado al arte el valor que realmente entraña.
Buena parte de sus fondos proceden de donaciones o aportaciones privadas. Celestino González Padrón, Telesforo Bravo Expósito, la familia Gómez y los herederos de Luis Diego Cuscoy son nombres destacados en la breve historia del museo. Hay una llamativa colección de cerámica aborigen, restos momificados guanches, utensilios, mapas, maderas, piedras, punzones y anzuelos de hueso. Esa colección constituye la mejor y más representativa muestra de alfarería guanche de toda la isla.
En efecto, las cinco salas de la exposición permanente nos introducen en una de las manifestaciones más significativas de la cultura prehistórica de Tenerife: la cerámica guanche. Es interesantísima la descripción que se hace por parte de los propios responsables del museo. Se sabe que el pueblo guanche fabricó sus recipientes, sus adornos e incluso algún amuleto en barro cocido, pero ¿cómo y para qué? La respuesta está en el barro y en el fuego para contrastar el proceso de fabricación de la cerámica. Así surgen gánigos y ánforas que son el producto alfarero de funcionalidad doméstica. Hasta llegar al barro y la magia, título de la última sala donde se exponen adornos personales de simbología mística. Finalmente, ambas funciones, doméstica y mágica, se unen formando una única composición en la réplica de una cueva de enterramiento, donde vasijas y adornos comparten el mismo espacio sepulcral, escenificando la creencia guanche en “el más allá”.
El Instituto es el ‘alma mater’ de este Museo, otra aspiración satisfecha. Y así como hay que congratularse de que aquel anticipo de quienes concibieron la idea en los años cincuenta del pasado siglo (Luis Diego Cuscoy siempre en la memoria) haya llegado a buen puerto, se debe reconocer la predisposición de los donantes y titulares de las coleccione
s, así como la profesionalidad y la entereza de la conservadora, Juana Covadonga Hernández, y de sus colaboradores. Sería una omisión reprobable, aquí y ahora, no enviar un mensaje de solidaridad y ánimo justo cuando que las circunstancias para subsistir se presentan muy adversas.
Antes de que nos detengamos en la dotación museística más reciente, repasemos otros intentos, otros proyectos y otras realizaciones que ponen de relieve la voluntad, pública y privada, de contar con lugares en donde exponer, bien de forma temática bien de ámbitos más heterogéneos y no tan permanentes.
Permitan, entonces, una cierta licencia para la nostalgia. Porque podemos evocar el modesto pero valiosísimo museo de la bordadora Nievitas González, promovido por su marido. Vivieron en el callejón La Verdad. El museo fue valorado en diez millones de pesetas de los años setenta y donado a la ciudad según las últimas voluntades de ella. Se mencionan cuadros, bordados y una biblioteca de mil quinientos volúmenes. Hay dos retratos del matrimonio en las dependencias del archivo municipal.
Y recordar aquel propósito de mostrar la vocación y la inclinación comercial de la ciudad en el otrora restaurado Torreón Ventoso que, lastimosamente, sigue cerrado.
Y lamentar el cierre del Museo Naval que llevaba el apellido de los oriundos Iriarte, que entraron en la historia de la literatura española por derecho propio. Otra pérdida de muy difícil por no decir imposible reparación. ¿Cómo explicar ahora los vínculos marineros o la relación de esta ciudad con el mar sin ese museo?
Y citar el intento, en los años ochenta, del tándem César Manrique-Fernando Higueras, el genio lanzaroteño y un arquitecto madrileño cuya obra figura en el MOMA de New York, cuando se empeñaron en potenciar un museo de ciencia y tecnología en unos locales de la urbanización La Paz, junto a la carretera del Botánico, en cuyo exterior, encerrada en una urna de metacrilato, instalaron como reclamo una pequeña locomotora.
Algunos soñamos con el Carnaval o con el turismo para dar razón de ser a un museo que albergase la historia de la ciudad. El primer motivo, con una clara inclinación promocional; y el segundo, con un más que evidente reconocimiento al sector productivo que sustentó su desarrollo social y económico a partir de los años cincuenta del siglo pasado y terminó de consolidar una atrayente oferta de encantos y atractivos naturales, a la par que los producidos por la mano del hombre.
Sueños, que no delirios. Menos mal que Nicolás González Lemus y Melecio Hernández nos dejaron un volumen que refleja muy rigurosamente esa indeclinable vocación turística a la que nos hemos referido en varias ocasiones.
No fueron delirios sino realidades que nos permitieron apreciar los valores del arte religioso las que se concentraron en aquella exposición titulada Sacra Memoria que, en junio de 2001, dio un lustre considerable al 350 aniversario de la fundación de la ciudad. Fue posible acercarse a la historia del municipio a través del patrimonio artístico-religioso.
Le correspondió a Pablo Amador Marrero ser el comisario de la exposición que tuvo como marco la Antigua Casa de la Real Aduana. Sus salas albergaron medio centenar de piezas, fundamentalmente pinturas, esculturas y obras de orfebrería de estilo barroco, pertenecientes a los fondos del obispado y a colecciones particulares. La colaboración de la Diócesis y del Cabildo Insular, junto a la coordinación de Marián Montes de Oca, fue decisiva para el éxito de la convocatoria que contó, además, con un libro muy bien documentado. El presupuesto rondó los cinco millones de pesetas y fue financiado íntegramente por el Ayuntamiento.
Hasta que en febrero del presente año cristalizó una idea con la que se completa el trío de los museos que ahora mismo pueden ser visitados en esta ciudad. Hablamos del Museo de Arte Sacro, localizado en la parroquia de Nuestra Señora de la Peña de Francia. En la mente de un estudiante portuense de último año de carrera de Historia del Arte, Eduardo Zalba González, mientras estaba al frente de la parroquia el agustino Benigno Gómez, bullía el propósito de agrupar piezas valiosísimas y bienes patrimoniales, además del aprovechamiento de dependencias del templo para su adecuada conservación y admiración.
Digamos que suyo, de Zalba, fue el anteproyecto, asumido por el actual párroco, Ángel Castro, que confió su rigurosa realización a Juan Alejandro Lorenzo, doctor en Historia del Arte, y Manuel Jesús Hernández, licenciado en la misma disciplina. Durante dos largos años, los preparativos y acondicionamientos dieron como muy digno resultado un museo que vale para interpretar el cosmopolitismo de la ciudad desde el hecho religioso. Un resultado que avalan, en preceptiva secuencia, la Delegación Diocesana de Patrimonio, la Comisión del Patrimonio del Cabildo Insular y la Comisión Mixta Iglesia-Gobierno de Canarias.
El museo testimonia la historia, el culto y las devociones que la iglesia matriz atesoró desde su fundación cuyos antecedentes se remontan a principios del siglo XVII. Si algunos de ustedes aún no lo han visitado, solo tenemos que recomendar sin reservas que lo hagan. Historia, cultura, arte, creatividad y coleccionismo se entremezclan en una exhibición permanente desarrollada -si se quiere, con modestia, pero también con sobriedad: alardes, los justos- en dos espacios de la iglesia que entrañan los valores de su intrahistoria y antiguo uso: el camarín de la imagen del Gran Poder de Dios, en el que se guardaban los enseres de la misma y otros bienes del templo; y la sacristía mayor que cuenta, como se explica en el folleto ilustrativo, con antesacristía y escalera procesional de acceso al camarín alto o de la Virgen de la Peña en la parte opuesta. “La recuperación de estas salas -dice
n los responsables de la actuación- es una circunstancia altamente positiva y, como podrá comprobarse a lo largo de la visita, persigue el fin de rescatar, en la medida de lo posible, su ornato, apariencia y definición primigenia”.
Por completar la descripción: el museo dispone de siete secciones o ámbitos diferentes que se articulan en torno a dichas estancias, comunicadas a su vez por un pequeño pasillo interior que lo aísla de la iglesia propiamente dicha. En torno a ellas se distribuyen más de doscientas piezas que guardan relación por su uso o significación litúrgica, aunque ese hecho no se produce siempre bajo las habituales concomitancias temporales y artísticas: otra vez la reflexión de Pamuk: el tiempo, los tiempos, transformados en espacio.
El doctor Juan Alejandro Lorenzo les haría un enjundioso resumen del recorrido, a partir del doble hándicap con que se acometió la actuación museal: las características del espacio físico disponible, de un lado; y el carácter desigual de las piezas (poca escultura, poca pintura), de otro. Tales condicionantes hacen que prime el discurso, la interpretación didáctica de las piezas. Y eso nos permite descubrir el valor catequético, adoctrinador y el carácter supraparroquial, hasta concluir en que nos encontramos ante la historia misma de la ciudad, o al menos, en una parte muy importante de ella. Todas las piezas y ornamentos, en efecto, nos acercan a la realidad histórica de un templo, de una parroquia.
El majestuoso templete del Santísimo, conjunción bicontinental de credos y creatividad; los libros litúrgicos del siglo XVIII, llegados posiblemente tras la desamortización; fragmentos del antiguo piso de la iglesia, losas sevillanas y piedras de cantería; custodias y cálices; el retablo de Montemayor, fabricado con madera de boj en el primer tercio del XVIII y apto para una minuciosa investigación; la Cruz de altar, plata en su color y original de un anónimo toledano, y otros bienes que aparecen en vitrinas y paredes permiten afirmar que la Peña sea la parroquia canaria con el mayor volumen de platería civil asociada al culto religioso.
De modo que entre aquel Museo Gómez, germen de los concebidos en la primera andadura del Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias y el de Arte Sacro, sobre el que hemos desmenuzado algunos rasgos con la intención de que despierten la curiosidad de quienes aún no lo conocen, han transcurrido años, tiempo, para crear un rico y atrayente espacio. Confiemos en que la experiencia muralista de hace unas fechas tenga continuidad y hablemos, con toda propiedad, de un museo de arte urbano que puede vivirse desde la calle.
“Pero no olvidemos -como dice el crítico de arte y docente bonaerense Juan Orellana- que el museo es una institución donde la sociedad guarda, conserva, expone y muestra los objetos valiosos para la Humanidad. Tanto obras de arte, documentos históricos, del hombre, de la naturaleza, de la técnica y la ciencia. La finalidad última es conservar, guardar, proteger, restaurar todos aquellos objetos que hacen a la vida del hombre”.
El museo, es cierto, ofrece un servicio a la sociedad; en el caso específico de obras de arte, elige y selecciona aquellas que tienen valor estético y artístico y que representan al hombre en sus distintos períodos históricos. Los dispone y expone para la apreciación y valoración de sucesivas generaciones.
En su Día Internacional, esta visión ‘reportajeada’ -si nos admiten el término periodístico- ha querido destacar que, al menos en el Puerto de la Cruz, los museos, con sus luces y sombras, con sus dificultades y limitaciones, son o han sido algo más que una aspiración.
Podemos compartir aquella confesión de la actriz británica Audrey Hepburn: “Vivir es como visitar un museo. Solo al final de la visita puedes darte cuenta de la belleza que has contemplado, de lo mucho que has visto y que has sentido, pensar en ello y recordarlo, porque durante la visita no tienes tiempo para hacer todo eso”.
Tiempo y espacio, el de los museos, donde tanta vida se concentra. El que hizo afirmar al escritor argentino Jorge Luis Borges que “somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”.