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‘Miles de días en los periódicos / 9 Con los libros a la cárcel’, por Juan Cruz Ruiz

“Cuando supe del encarcelamiento de Julio me vino a la memoria de los sentimientos aquel recuerdo habitual del muchacho de pantalón corto en el canal de Suez portuense”.
Julio Pérez Hernández. (JLR)
Julio Pérez Hernández. (JLR)

JUAN CRUZ RUIZ

Las rejas.

Nunca había estado ante unas rejas detrás de las cuales hubiera una persona. Siempre fui atolondrado, incluso ahora, cuando ya han pasado años y pesares y circunstancias inesperadas o jamás vividas antes, algo que, por otra parte, no deja de suceder prácticamente (imagino) hasta el ignoto final de los días.

Lo cierto es que, como conté en el episodio anterior (que era el octavo: repetí el sexto dos veces, perdón), me impresionó tanto el encarcelamiento, por sospechoso político, de mi amigo Julio Pérez Hernández que me decidí a ir a verle a la cárcel, superando esa aprensión humana que uno tiene a cumplir con su deber cuando éste es complejo o, por decirlo así, peligroso.

Nunca he sido valiente, y no lo he sido hasta ahora, pues la valentía es algo que se tiene o no se tiene, pero adviene, eso lo he comprobado, cuando ya no eres tú mismo quien decide sino algo más consciente que tú del deber ante el que debes rendirte: la solidaridad, la conciencia de la solidaridad, que se despierta como esa zona noble con la que conviven alguna incluso los bandidos, me imagino.

Julio fue encarcelado en aquella época en que se puso nervioso el régimen y esto se trasladó a la pusilanimidad de los gobernadores civiles, que eran puestos ahí como los últimos responsables de la mazmorra en que se convierten las dictaduras. Aunque era un joven que todavía no había acabado la carrera de Derecho (sería también periodista, en EL DÍA, en LA PROVINCIA, y fue un excelente periodista), tenía una destacada presencia en los debates universitarios, estaba siempre pendiente de no descuidar el compromiso político que lo llevaría a ser un importante líder de los socialistas de entonces (y de después), pero sobre todo era un amigo de muchísima gente, también de los que no eran de sus propias ideas o militancias. Y era amigo mío, incluso antes de que él mismo me conociera. Yo lo sentí así. Sucedía entonces, cuando él era un muchacho, quizá de catorce años, cuando yo mismo tenía quince o dieciséis, que Julio se paraba ante las estanterías de una de las dos librerías de don Eladio Santaella en lo que llamábamos el canal de Suez del Puerto de la Cruz.

Julio iba con pantalón corto (el día en que me fijé era un pantalón corto de color beige) e hizo su parada ante el cristal, y ahí se pasó unos minutos que yo aproveché también para mirar libros. En aquel entonces no había dinero para comprarlos, de modo que, en la otra librería, más cerca del muelle, me limitaba a tocar los libros gracias al dependiente, mi amigo Manolo, al que veo ahora muchas veces corriendo por el Taoro.

Mirando libros.

Otras veces vi allí a Julio, mirando libros, no sé si siempre en pantalón corto, y luego se hizo estudiante universitario y un líder notorio de la época. Entonces tuvimos alguna relación, pues era amigo de otros amigos comunes que aún siguen siéndolo, tanto suyos como míos. Era una época muy fértil para la amistad. Yo me hice periodista muy pronto (de hecho, en diciembre cumplo sesenta años en el oficio, empecé a los trece) y Julio también ingresó en este trabajo, y lo recuerdo muy bien entrando y saliendo del taller, adonde llevaba originales, como yo que lo cuento, en una atmósfera de muy viejo periódico en el que se alternaban los tipos excesivamente serios con cachondos visitantes de las tardes.

Como líder político de aquellos tiempos, era, como ahora, un chico serio, formal, dialogante (a veces se cabreaba también, como ahora) y sometido a la disciplina educada de lo que era la obligación que marcaba su sentimiento o su ideología. En una de esas asambleas universitarias debió decir algo que llegó a oídos (o directamente lo escucharon) de los servidores del régimen y fue conducido a la cárcel de la avenida de Pérez Armas.

Entre los confidentes policiales de entonces hubo, por cierto, un joven policía que luego se hizo socialista, precisamente, e ignoro si fue él o cualquier otro el que manejó la información que llevó a esa y a otras detenciones, pues también fueron encarcelados los jóvenes Rául Ruiz, que murió luego muy prematuramente, y Agustín Millares Cantero, el hijo del poeta del mismo nombre, uno de los grandes escritores de la poesía canaria, y ahora él mismo excelente poeta e historiador premiado.

Llamada al gobernador.

Cuando supe del encarcelamiento de Julio me vino a la memoria de los sentimientos aquel recuerdo habitual del muchacho de pantalón corto en el canal de Suez portuense, así como su relación con la lucha política contra la dictadura, y eso me impulsó a hacer algo en mi caso inesperado. Descolgué el teléfono, marqué el número del Gobierno Civil y pedí hablar con Gabriel Elorriaga, el gobernador. Los gobernadores siempre eran discutidos, sotto voce, porque eran apósitos nacionales en la vida local, y no gozaban generalmente del respeto social en las islas, pues se adaptaban tarde, o no se adaptaban nunca, a la sociedad isleña, de una o de otra isla.

Pero yo era un inconsciente y creía que esta llamada podría ablandar al hombre que mandaba sobre quienes habían denunciado y encarcelado a Julio, a Raúl y a Agustín, entre otros que fueron pasando por aquellas mazmorras en las que en un tiempo mandó uno de los más brutales personajes de la historia de la represión en Canarias, el comisario Matute, un torturador.

Elorriaga se puso al teléfono. Yo le hablaba desde la mesa de Tinerfe, aquel buen hombre franquista hasta el llanto que llevaba la información del Tenerife. Le dije que, en el caso de Julio, al que yo conocía mejor, esa detención y lo que significaba para la justicia constituía una aberración que sólo él podía aliviar. Me escuchó con respeto y sin suspiros de fastidio, hasta que me explicó cómo eran las cosas, aunque era obvio que así no eran. Me dijo que eso era cosa de los jueces y de la policía, y que él no tenía nada que ver con tales privaciones de la libertad. Yo tuve la ocurrencia de decirle que eso resultaba increíble, pues él era allí la autoridad que emanaba de Franco. No sé cómo se despidió, pero hasta el fin fue educado, incluso cuando dijo que estaba tan ocupado que ya debía colgar.

Días después fui a ver a Julio. Detrás de las rejas, el que luego sería él mismo gobernador civil en la democracia describió su situación sin dramatismo. Ahora que lo veo actuar en cometidos que tienen que ver con los diferentes desastres que ha tenido que lidiar como servidor público no dejo de ver en él al que explicaba con tanto sosiego (¡no siempre lo tiene, doy fe!) su encarcelamiento, la vida entre rejas, el periodo especial en que las personas que querían la libertad de su país sufrieron el encierro arbitrario del régimen.

Recordaba haberle llevado libros a la cárcel. Cuando el domingo último leyó el capítulo anterior y yo mencioné esta circunstancia él me dijo qué libros eran (los que recordaba): versos de Pablo Salinas y de León Felipe, «y algunas novelas, pero no me acuerdo». Y también me dijo que, si volvía a escribir de todo esto, no me olvidara de «Raúl Ruiz (murió hace algún tiempo) y de Agustín Millares (escribe historia y poesía)». Inolvidable episodio de la vida.

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