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Miles de días en los periódicos 20. ‘El oficio en peligro y la muerte del maestro’, por Juan Cruz Ruiz

Si la noticia que das es mala o responde a mercancías averiadas que te venden como tales los listos de turno, es imposible que el comentario que la prosiga sea otra cosa que una impostura.
Eugenio Scalfari, maestro italiano de periodistas. (GABRIEL BOUYS / AFP)
Eugenio Scalfari, maestro italiano de periodistas. (GABRIEL BOUYS / AFP)

JUAN CRUZ RUIZ

Este del periodismo es un oficio que no requiere tan solo de la universidad o de la escuela, si es que acaso la necesita; requiere de maestros, y estos se hallan sobre todo entre aquellos que han ejercido o ejercen la tarea de haber informado o de hacer que los demás informen como es debido. Aquí he escrito, a lo largo de veinte entregas (o más, porque a veces he atrofiado la cuenta), de aquellos que he ido conociendo a lo largo de mi vida, sobre todo en Canarias, en cuyos periódicos conocí a gente como Ernesto Salcedo, Paco Sardaña o Alfonso García-Ramos. A los tres se les identificaba por el olfato, sabían dónde había noticias, conocían el manejo de los instrumentos imprescindibles para comprobarlas y eran expertos en el mecanismo para que no te las quitaran ni te las tergiversaran.

De los tres, que podrían ser más, naturalmente, pero los tres fueron mis directores, aprendí que ese renglón de la vida de los periódicos, la noticia, es lo primigenio, lo molar del trabajo, pues sin noticia no hay nada más de lo que resulta ser periodismo. Si la noticia que das es mala o responde a mercancías averiadas que te venden como tales los listos de turno, es imposible que el comentario que la prosiga sea otra cosa que una impostura, y tampoco valen el editorial o el reportaje que se basen en la falacia que te han colado como gato por liebre.

Recibida esa enseñanza, luego tienes tú que ponerte a trabajar, y esta es ya tu responsabilidad, pues no están los maestros, sino sus enseñanzas, cuidando de que esa liebre sea verdadera y no un gato cualquiera. En tiempos en que el periodismo era tal cual, es decir,“gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente”, también se producían tergiversaciones, pues el rumor y la mentira como noticia fueron marcas que dejaron huellas en todas las épocas de este viejo oficio. Ahora, con la infinidad de tentaciones de convertir en noticia lo que acabas de escuchar en una esquina cualquiera de internet, a cualquier cosa se le llama periodismo.

Aquella frase, de la que me he servido tanto, “periodista es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente”, me ha ayudado siempre a prevenirme a mi mismo contra esa tentación de aceptar gato por animal de compañía, y se la he aconsejado a los alumnos que he tenido, a quienes me han querido escuchar o leer, como el legado más sencillo y contundente de un maestro que no tuve en persona sino en sus conferencias o escritos, Eugenio Scalfari, que acaba de morir a los 98 años en Roma. Él dijo ante un grupo de estudiantes en Madrid que esa era la esencia sencilla del periodismo, y aunque veinte años más tarde (en 2009) advirtió de que lo que pasaba en el reino de internet era que el periodismo se había convertido en «un oficio cruel», siempre me pareció que aquella primera máxima sobre el periodismo sigue vigente y es una norma que nos atañe a todos, también a los comentaristas.

Ahora hay en la sociedad un miedo verdadero, y justificado, a que el periodismo se haya ido de madre. Y no sólo por las revelaciones relativas a conversaciones telefónicas en las que se han basado campañas que resultaron fraudulentas contra personalidades de la política por parte de periodistas que se grababan a sí mismos, a fuego, la leyenda de ser los mejores. Además de esa incursión desgraciada en las vidas ajenas por parte de policías bandidos y de periodistas que no han tenido escrúpulos para seguirlos, es verdad que el periodismo ha aceptado la crueldad como mercancía, como decía Scalfari. Pues el insulto, la tergiversación, el uso de la opinión como franquicia para decir lo que se nos antoja basándonos en indicios que no son nuestros y que por tanto no controlamos, ahora se tolera e incluso se estimula, como si hicieran gracia esos tropezones descarados.

Tales franquicias que hemos comprado gratis nos están haciendo un daño que no es atribuible tan solo a las redes, sino a personas físicas que llevan desde antes de que se inventara internet la costumbre de mentir o de tergiversar como algo lícito en nombre de la audiencia y de los clicks. Persiste en la vida periodística española gente que, a sabiendas de que el 11M tuvo un determinado origen, y para desprestigiar al poder político que se constituyó después de ese abominable atentado, aun insisten en que aquella matanza fue debida a la por otra parte crudelísima banda terrorista ETA.

La facilidad con la que periodistas de nombre propio notorio usan su influencia para esparcir rumores que nunca llegan a ser parte de la realidad es uno de los peligros latentes que hacen que hoy el oficio se haya convertido en una fuente insegura para la creación de opinión pública. Y la verdad es que existen mecanismos (concretos, materiales) para advertir que lo que no se puede decir porque no se debe decir ya que no está confirmado. Hay, por ejemplo, una advertencia de enorme utilidad, debida a dos académicos norteamericanos, Bill Kovach y Tom Rosenstiel. Se trata del libro Los elementos del periodismo. Tuve el honor de hacerlo publicar cuando fui editor, pero ahora no parece disponible en las librerías, aunque seguramente podrán hacerse con él a través de las numerosas agencias de venta de libros que hay en la red. Lo recomiendo como si estuviera recetando una medicina. En ese libro ambos académicos resumen sus advertencias sobre el ejercicio del periodismo y sus peligros en nueve puntos que no me canso en resucitar en mis contactos con gente del oficio. Los cito:

1. La primera obligación del periodismo es la verdad.

2. [El periodismo] debe lealtad ante todo a los ciudadanos.

3. Su esencia es la disciplina de la verificación.

4. Debe mantener su independencia con respecto a aquellos a quienes informa.

5. Debe ejercer un control independiente del poder.

6. Debe ofrecer un foro público para la crítica y el comentario.

7. Debe esforzarse por que el significante sea sugerente y relevante.

8. Las noticias deben ser exhaustivas y proporcionadas.

9. Debe respetar la conciencia individual de sus profesionales.

A mi juicio los puntos 3, 7 y 8 son los más trasgredidos por el periodismo de hoy, de ayer y de anteayer. Y no puedo decir que no hayamos caído todos en la destrucción de valor del oficio, uno a uno, pero si uno a uno nos podemos a pensar en el daño que ha hecho a la profesión, y por tanto a la sociedad, la tergiversación de la realidad y de los datos, llegaremos a la conclusión de que, al contrario de lo que solemos decir, o se suele decir, lo peor no son los políticos. Lo peor somos nosotros. Lamentablemente no estamos en el vagón que mejor aire tenga en este tren por el que va la vida.

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