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‘Aquellos quioscos’, por Fernando Savater

«Van desapareciendo vertiginosamente. Los que quedan ensayan estrategias de supervivencia, como la venta de encendedores, banderines, chuches…».

Fernando Savater (The Objective) | Para cada uno de nosotros el paraíso tiene su propia forma terrenal. Hay quien lo imagina como una discoteca llena de chicas (o chicos) ansiosos de ligar, para otros es una sala de conciertos con la gran orquesta probando discordantemente sus instrumentos ante de atacar la pieza maestra, para muchos más es su estadio de fútbol preferido justo en el momento en que saltan al campo los dos equipos, otros más anticuados lo ven a oscuras como una pequeña sala de cine antes de empezar la película más apetecible, pero también puede ser la sala de un gran museo o incluso el aula donde se espera al conferenciante redentor… Entiendo más a aquellos que lo ven como una playa idílica (no menciono nombres para no descubrirme, ya saben ustedes cuál es la mía) o una fiera montaña empenachada de nieve. ¿Por qué no el pulcro y goloso restaurante de nuestras delicias o la taberna donde hemos pasado nuestros mejores ratos con los amigos pidiendo otra ronda? Borges dice que imaginó el cielo como una gran biblioteca y se queja de que la ironía de Dios se la concediera al fin, pero acompañada de la ceguera. Quizá ustedes esperen que les diga que mi paraíso alcanzable y real es un hipódromo y les aplaudo porque casi aciertan, pero solo atinan con my second best. Porque el avatar fastuoso, pero a la vez humilde, del Reino de los Cielos siempre ha sido para mí (siempre, o sea desde los siete u ocho años) el quiosco de periódicos. Aquel de la Luisa que estaba en la Avenida donostiarra de España (hoy de la Libertad, aunque allí es lo mismo), mi primer quiosco, pero luego todos los demás. Aquellos quioscos…

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