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‘Medio siglo del último secuestro del franquismo’, por Eliseo Izquierdo

«¡Cómo olvidar aquel diecinueve de noviembre de 1975! Hay momentos en la vida que a un periodista lo marcan a fuego para siempre».
Francisco Franco.
Francisco Franco.

Eliseo Izquierdo | Me lo ha recordado, por si me fallaba la memoria, mi querido colega y amigo Enrique Rey Pitti, lo que le agradezco muy de veras, por lo mucho que tiene de compañerismo leal, en él contrastado de siempre. Pero algunas vivencias jamás podrán olvidarse, aunque pasen los años y se produzcan cambios en su existencia, algunos radicales, o sea muy otro el panorama social y político del país en el que vive y en el paisanaje, e incluso aunque el caletre se le vaya deteriorando a uno sin remedio, porque la edad no perdona y, por si fuera poco, porque este noventón lleva ya, periodísticamente hablando, casi medio siglo en dique seco, aunque aguantando el tipo y escribiendo lo que puede.

¡Cómo olvidar aquel diecinueve de noviembre de 1975! Hay momentos en la vida que a un periodista lo marcan a fuego para siempre. Los de aquel tiempo —infausto para muchos; para otros, no— son incontables: inesperados sustos de muerte, censuras, persecuciones encubiertas, amenazas, coacciones solapadas. Recuerdo con especial intensidad el de la imparable ascensión de Carrero Blanco, que nos tuvo en vilo toda aquella mañana, bregando a tope con el silencio de los canales informativos, que no atendían nuestras demandas de noticias, y acabó con la vida de don Víctor, nuestro querido e inolvidable director en aquellos difíciles momentos, que esa misma tarde sufrió un infarto, del que no logró reponerse; la apresurada redacción de la primera nota editorial saludando el advenimiento de una nueva era política en nuestro país convulso, con Tarancón como figura clave poniendo puntos sobre las íes y cabreando a las más altas esferas y a muchos de las más bajas (¿saben los neonostálgicos quién era Tarancón y aquello de “Tarancón al paredón”?) ; el 23-F y la lucha interna para sacar, conforme era norma del periódico, y con sólo Pepe H. Chela y Pepe Padrón Machín en la redacción dispuestos a meter el hombro, una segunda edición con las noticias de lo que estaba ocurriendo en el Congreso, lo que logramos contra viento y marea y con la colaboración inestimable de los linotipistas. Y, por supuesto, el secuestro de La Tarde cuando, según el runrún popular, el dictador estaba dando las últimas boqueadas o la había diñado ya.

Se cumplen cincuenta años de la confiscación del entrañable periódico. Fue el último secuestro del franquismo. ¡Quién lo diría! Entonces este viejo periodista era jefe de información local. En la primera página de la edición de aquel 19 de noviembre  se había incluido en parte (el resto, en  la página tres) un Pico de águil de nuestro director Alfonso García-Ramos, bajo el título El Sáhara y Canarias. Hay que subrayar que, desde la primavera del referido 1975, Alfonso venía tratando, en artículos sucesivos, de la repercusión que tendría en las islas y de los problemas de tipo económico, político, social y cultural que afectarían al archipiélago si se efectuaba como se decía sotto voce que iba a ser la entrega del Sáhara. Sabíamos que los artículos de nuestro director, amigo y compadre, se estaban leyendo con lupa en el Estado Mayor de la Capitanía General de Canarias, en el Ministerio de Información y Turismo y en diferentes departamentos de los cuerpos policiales del franquismo.

En el artículo de ese día 19, Alfonso se atrevió a decir, sin rodeos y sin paños calientes, que era una auténtica locura el plan de descolonización que preparaba el Gobierno español y mostraba su desacuerdo total con la forma soterrada en que se estaba realizando todo, para colmo sin informar debidamente al pueblo canario y sin que se le hubiese consultado. Para rematarlo, añadía que los habitantes de las islas estaban sumidos en la incertidumbre más escandalosa y en el mayor estupor, por las muchas sorpresas —remataba— que cada día surgían de la imprevisible caja de Pandora de la política española.

En la dictadura, para poner los periódicos en circulación, tenían que obtener la autorización previa del inspector de turno del servicio de Información de la delegación provincial del ministerio más arriba citado. Con el fin de ganar tiempo, cualquier muchacho de los que esperaban a que saliera el vespertino para empezar a vocearlo y venderlo, se prestaba a llevar diariamente a la delegación provincial el primer ejemplar que salía de la rotativa, para el obligado trámite. Una vez otorgado, el chico corría hasta un lugar de la calle Viera y Clavijo desde el que era visible el edificio donde se confeccionaba y tiraba el diario y agitaba repetidamente el ejemplar con la aprobación. Así se ponía de nuevo en marcha la rotativa y comenzaba a imprimirse. Sin embargo, ese día citado, cuando habían salido ya los primeros ejemplares, llegó la orden de detenerla. La Tarde había sido secuestrado.

La incautación provocó un inmediato dilema en el propio Gobierno: ¿En qué medida y cómo repercutiría, no solo en sus lectores sino dentro y fuera de las islas, la confiscación de un diario de información general en momentos en los que se estaba dando como inminente el acabose del jefe del Estado, hasta el punto que lo que emitían las emisoras de radio era mayormente «música de respeto»? Después de diversos estira y afloja, llamadas telefónicas, mensajes contrapuestos y otras componendas, la dirección general de Prensa optó por una solución ni salomónica ni intermedia, sino todo lo contrario: el periódico tenía que salir, porque había que mantener la sensación de normalidad, pero sin el artículo de Alfonso.

La solución para cumplir lo ordenado fue chusca. En la búsqueda de un texto de sustitución topamos con un parte meteorológico de agencias, en el que se pronosticaba para los días próximos una inestabilidad generalizada en todo el país, que calificaba de «anormal», y presagiaba «un cambio inmediato», con riesgos de fenómenos adversos, a lo que sumaba que “aunque con el tiempo no se puede opinar en cuanto a periodos largos, lo lógico es que cambie inmediatamente”. Como ya señalé en la introducción al volumen Pico de águilas y otros artículos de Alfonso García-Ramos, este parte meteorológico es ejemplo pintiparado, de libro, de lo que se podía decir entonces entre líneas, de hasta dónde se podía llegar más allá de lo que el franquismo toleraba, tanto si su redacción era intencionada o no, como en este caso. No dudamos en aprovecharla astutamente. Con él se sustituyó el fragmento del artículo de Alfonso de la primera página y, para que no quedara duda de que el periódico había sido salvajemente censurado, un operario de talleres levantó con un formón todo el plomo del escrito de la tercera página, por lo que ese espacio del periódico lucía en los ejemplares impresos, en vez de un texto legible, un gran manchón negro, delator de la tropelía.

De esa guisa salió La Tarde a la calle. Pero la cosa no quedó ahí. Cuando empezaba a atardecer y parecía que la dana estaba alejándose ya de la costa y el vendaval aquietándose, nos llegó un rumor, que nunca logramos confirmar plenamente, pero que tenía visos de ser cierto: en un chalet del camino de San Diego de La Laguna, donde residía un ultra de primera línea, se estaba organizando un grupo de individuos dispuestos a defender el sistema imperante con armas y bagajes, a asaltar el periódico y a llevarse a Alfonso por delante. Este soplo, con tanta apariencia de verdad como de bulo, obligaba en todo caso a tomar precauciones. Así lo hicimos. Discretamente nos fuimos con una radio de galena a la Cruz del Carmen, al restaurante de nuestro buen amigo don Julián Reyes, que sabíamos que tenía dónde ocultarnos en caso necesario. Con nosotros fueron también, por lo que les tocaba, Victoriano Ríos y Alberto de Armas, asesores médicos del periódico. Alfonso, sin embargo, decidió a última hora, por si las moscas, irse solo en su propio fotingo a la finca de Agua García, perdida en medio del boscaje tacorontero, en una zona de nada fácil acceso y poco conocida, donde se mantuvo, igual que nosotros en el monte de Las Mercedes, hasta que la radio, por fin, dio la noticia de la muerte del dictador. Por entonces, en nuestras respectivas familias, desconocedoras de lo que estaba sucediendo, había cundido la alarma; estábamos desaparecidos sin aviso previo y sin saberse dónde y porqué.

La Tarde estaba una vez más en el ojo del huracán. El del secuestro, que no llegó a serlo totalmente por los motivos indicados, se sobreponía a otro problema grave, provocado por una información que había enviado sin firma desde Madrid el mencionado colega y amigo Enrique Rey Pitti, y había levantado en el Gobierno ronchas gordas y coloradas. En ella, Pitti dejaba entrever, y al parecer ocurrió en verdad, que el vicepresidente del Gobierno, señor García Hernández, había sugerido a los procuradores canarios que se ausentaran del hemiciclo en el momento de la votación de la Ley de Descolonización del Sáhara. Todos salvo uno lo hicieron, como forma de protesta. El cabreo gubernamental fue inmenso, tan grande que Carlos Arias Navarro, presidente del Gobierno, amenazó a Alfonso, como director, con una multa de tres millones de pesetas. Afortunadamente, el sistema había entrado en amortización y las sanciones pasaron primero de amenazas a amonestaciones graves y finalmente a la condonación total de la sanción, previa una amonestación muy severa para intentar justificarlo todo, con Martin Gamero como titular del Ministerio de Información. Alfonso, como no podía ser menos, comentó el desenlace del proceso, su feliz final, y con su peculiar ironía se refirió al ministro que había dado carpetazo al expediente, llamándolo «San Martín Gamero bendito».

Como colofón, añadiré una pequeña anécdota personal: Entonces este periodista era también jefe de la Administración de Correos y Telégrafos de San Cristóbal de La Laguna; se mantenía aún el pluriempleo, para intentar vivir un poquillo mejor, no para hacerse uno rico. Con la madrugada muy avanzada, al regresar a mi domicilio pasé antes por la oficina, como solía hacer. Al entrar en el despacho, allí estaba todavía colgado, presidiéndolo como en todos los edificios públicos, el retrato oficial del recién muerto. Lo retiré inmediatamente y lo guardé en un armario metálico. Por si acaso… Ya en la mañana, cuando la oficina estaba a punto de abrirse, acudí a mi puesto de trabajo. La señora de la limpieza, al verme y saludarnos, me espetó con gesto inquisitivo: “Don Eliseo, ¿qué le pasó al retrato?” No se me ocurrió otra que decirle que se había caído. Ella entonces me respondió con indisimulada sorna y una apenas esbozada sonrisa: “Era lo natural. Las cuerdas con que se sostienen estos cuadros acaban siempre rompiéndose”. Lo natural había por fin ocurrido.

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