Juan Cruz Ruiz | Soy periodista desde los trece años y la razón de haberlo sido, y de seguir siéndolo, se debe a algunas personas concretas. En primer lugar, a mi madre, que le dijo a mi padre que no se entrometiera en mi vocación. Él creía que los periodistas estábamos condenados a ir con los pantalones rotos por el culo. Y ella sentía que aquella vocación era una pasión que no tenía por qué romperse «por nada del mundo».
En segundo término, el teléfono que mi hermano puso junto a mi cama para llegar a las llamadas que hacía a Aire Libre cuando empecé a colaborar a mis trece años. En último término, la ayuda de Salvador Pérez, que pasó a mi historia con su seudónimo de Paladín. Él venía de la Guancha y pasaba por mi casa, en el Barranco de San Felipe, para llevar consigo mis crónicas del norte, que fueron el germen de mi vida como periodista y como escritor.
Ese oficio no hubiera llegado a ser tal sin otros nombres propios que deben iniciarse con mi recuerdo de don Julio Fernández, que me abrió las puertas de su Aire Libre la vez en que me atreví a enviar un texto que él consideró publicable e interesante.
Una vez que estuve en ese camino, en el que sigo hasta ahora mismo, me encontré con un personaje que sigo queriendo como aquella primera vez que me abrió la puerta de su despacho para recoger una crónica dedicada entonces a mi pasión por el teatro. Él era, y es, por fortuna, Elfidio Alonso. Le dejé un sobre con mi texto, él se lo envió a Pedro González, el pintor, el alcalde, que en ese momento dirigía Gaceta semanal de las artes en La Tarde.
Allí, en La Tarde, publiqué mi escritura, y allí fui a conocer a Alfonso García-Ramos, que estaba al cargo del periódico siempre que don Víctor Zurita le dejaba el sitio. Alfonso era un escritor formidable, una risa hecha de generosidad y de pasión por el oficio del periodismo (y también por el oficio de escribir).
Yo hacía tiempo a que él acabara con sus tareas, y cuando ya era hora de volver a su casa (y a la mía: los dos vivíamos en La Laguna), me hacía el encontradizo y con él me volvía al Colegio Mayor. Él paraba el motor de su automóvil y proseguía su modo de enseñarme a ser periodista: contando anécdotas del oficio que le duraría hasta el final de su vida.
Nada de lo que escuché luego, en cualquiera de mis destinos, valió más que el abrazo que Alfonso le dio a mi pasión por aprender y por escribir. Su alegría era un estímulo para ir y venir a La Laguna, y fue para siempre un acicate para lo que era entonces la realidad de mi vida: hacer periodismo, escuchar periodismo, sentirme cerca de los maestros que ya eran periodistas.
Luego, cuando el tiempo le dio aire, Alfonso mostró su enorme calidad de escritor, de novelista, y escribió libros memorables que ahora se festejan en Canarias como un regalo que él nos dio para siempre. Que Salvador García Llanos me haya pedido este texto que aquí acaba culmina, en gran manera, mi modo de agradecer a todos ellos que mi vida haya caminado por este derrotero de inolvidables nombres propios.