
ABRAHAM RIVERA
La sangre del suelo aún no se había secado del todo. Su color, casi negro, indicaba que llevaba un tiempo allí aunque el calor de aquella localidad del interior seguía haciendo de las suyas. A él le daba igual. Su trabajo consistía en entrar en la casa, tomar todas las fotos que pudiera del crimen que se había cometido y salir pitando para contarlo. Él es Pedro Avilés (Ceuta, 65 años), uno de los últimos reporteros de sucesos que vivió de primera mano el fenómeno de las revistas de crímenes y las secciones de homicidios. Lo hizo en las páginas de El Caso e Interviú, a finales de los años ochenta y durante toda la década de los noventa, viajando por lo que en aquella época ya comenzaba a ser la España vacía. Pueblos, barrios marginales y descampados al otro lado de la carretera que marcaron una manera de ver y contar nuestro país. Una forma, a pesar de todo, menos truculenta de lo que pudiera pensarse. “El suceso no necesita de espectáculo”, sentencia Avilés, en conversación telefónica desde una aldea leonesa donde ahora cuida de su hermana.
TEXTO COMPLETO AQUÍ