Cristina Ros (Eldiario.es) | Quizá el mayor reto para un cronista sea escribir sobre aquello que no se puede contar. Aquello sobre lo que puede indagar, preguntar e incluso ver con sus propios ojos, pero que no puede comunicar al público por el yugo de un sistema autoritario. ¿Solución? O se acomoda al discurso oficial, que es como no decir nada nuevo, o tira de ingenio para decir la verdad con sutileza, como si estuviera hablando de otra cosa, dejando que sea el lector quien haga el trabajo de leer entre líneas y sacar sus conclusiones. Porque ese tipo de periodismo también requiere la participación activa del receptor, al que toma siempre por un individuo inteligente.
La Unión Soviética facilitó diversos viajes de periodistas extranjeros a sus ciudades con el fin de promover una imagen positiva del país, sobre todo de sus progresos técnicos. Sin embargo, hubo profesionales con bastante astucia para dejar entrever sus críticas en las páginas que escribieron; ahí están, por ejemplo, los reportajes de la alemana Brigitte Reimann, La verde luz de las estepas (1965) o, más centrado en las artes y la literatura, el de la catalana Montserrat Roig, L’agulla daurada (1985), que por aquel entonces eran dos jóvenes e intrépidas escritoras nada sospechosas de simpatizar con el régimen.