Inicio | 2022 | ‘Miles de días en los periódicos /4 En busca de los maestros’, por Juan Cruz Ruiz

‘Miles de días en los periódicos /4 En busca de los maestros’, por Juan Cruz Ruiz

“A pesar de que hice Filosofía y Letras y además Periodismo, ninguna de esas dos largas asignaturas las seguí como es debido, porque muy pronto sentí la llamada de las redacciones”.
“Mi primera crónica la envié al semanario Aire Libre en septiembre de 1961”. Portada del semanario.
“Mi primera crónica la envié al semanario Aire Libre en septiembre de 1961”. Portada del semanario.

JUAN CRUZ RUIZ

Don Julio. Conté aquí ya cómo fue que me hice periodista de niño, o casi, y de qué modo ese hecho capital en mi vida de adolescente ha influido en todo lo que he emprendido después.

En cierto modo, esa precocidad que fue también un modo de salir de casa me impidió estudiar como es debido, de formarme para ser, además de periodista, una persona capaz de entender la historia para explicar mejor el presente que, como periodista, debí contar después.

A pesar de que hice Filosofía y Letras y además hice Periodismo, ninguna de esas dos largas asignaturas las seguí como es debido, porque muy pronto sentí la llamada de las redacciones, hasta ahora mismo, sesenta años después de mi primera crónica, que fue sobre un partido de fútbol mañanero celebrado en el campo del Peñón de mi pueblo, el Puerto de la Cruz.

Esa crónica la mandé en septiembre de 1961 al semanario Aire Libre que se editaba en las rotativas de EL DÍA y dirigía y hacía y escribía en gran medida don Julio Fernández, al que ya aludí aquí como el que impulsó la idea de que quizá yo podía ser un periodista. Durante ese periodo de formación adolescente me ayudó mucho Salvador Pérez, que se firmaba Paladín, una de las personas más generosas y desprendidas que he conocido en el oficio. Él hacía un desvío de su viaje de La Guancha, su casa, a Santa Cruz para recoger, escritas a mano, mis excursiones por el fútbol local, a menudo debidas a las informaciones que me enviaban amigos que habían ido a los partidos pues entonces el asma me dejaba en cama cuando se jugaba en aquella cancha del Peñón. Luego yo veía publicado ese material y sentí como que el mundo del oficio me abría una puerta que yo no podía cerrar, hasta hoy. Conocí luego a don Julio y este me bautizó para siempre.

De él tengo tanta gratitud que jamás me olvido ni de su generosidad, ni de su voz ni de su cara, ¡ni de la matrícula de su coche, cuyos números coincidían con las fechas del principio y el final de la maldita guerra civil!

Elfidio y Alfonso. Dejó de existir Aire Libre, empujado a la cuneta por la Hoja del Lunes, que nació para favorecer la economía de los periodistas y que, por orden superior, debería estar sola en los quioscos ese día de la semana, que era cuando se publicaba el semanario de don Julio Fernández.

Entonces yo leía mucho teatro, sobre todo a través del Primer Acto de José Monleón, así como la sección Aquí, La Laguna, que Elfidio Alonso firmaba en un recuadro de la segunda página de EL DÍA. Yo leía esa sección con la misma pasión con que leía los relatos urbanos de Joan de Sagarra en TeleExpres, pues entonces y siempre me pareció que contar qué sucede en un pueblo en una calle, y hacerlo con la sintaxis adecuada, serena, sin estridencia y con sentido del humor, es una de las mejores artes que se puede permitir este oficio.

Muy pronto me aficioné a esos modos de contar y, como es natural, pronto me puse a imitarlos, en cuanto tuve la oportunidad de hacerlo cuando EL DÍA me encargó de las páginas de La Calle Actualidad…En aquel entonces, cuando yo fui a verle para pedirle que me ayudara a publicar un texto sobre teatro, Elfidio trabajaba en una sucursal bancaria de La Laguna, desde donde escribía aquellas colaboraciones. Recogía mi papelito, ya escrito a máquina, lo miró y me miró desde su estatura y me informó de lo que iba a hacer. Lo enviaría a su amigo Pedro González, el pintor,que dirigía en La Tarde las páginas de Gaceta Semanal de las Artes. Luego, por cierto, el tiempo y la vida los hizo a ambos alcaldes de La Laguna, recuerdo a Pedro, ejerciendo de edil, metido en un desagüe junto al Instituto Cabrera Pinto, arreglando las interiores de la amada ciudad…

El artículo se titulaba Teatro en paquetitos, y así apareció muy pronto en aquellas páginas tan queridas del viejo periódico. Creo que nunca le agradecí a Elfidio lo suficiente aquella ayuda. Luego fui compañero y discípulo suyo en EL DÍA, donde fuimos incluso pandilla de reporteros buscando en las esencias sureñas de Tenerife las consecuencias de la desidia con la que, aún en los primeros años setenta, se trataba a esa parte, ahora tan próspera pero tan descuidada, de las islas.

La Laguna fue cuna de mi pasión por el oficio. Y Alfonso García-Ramos, que era subdirector de La Tarde cuando yo me empeñaba en seguir esta senda, un profeta al que yo esperaba a la salida de su trabajo en el diario de don Víctor Zurita para hacerme el encontradizo y regresar con él de Santa Cruz a las puerta del Colegio Mayor San Fernando, donde él me dejaba cuando ya no había comida en el querido alojamiento en el que simulé que estudiaba cuando en realidad seguía empeñado en ser lo que en este momento estoy tratando de seguir siendo, un periodista. La espera a que él me devolviera a mi alojamiento era compensada por el periodismo, alimento de mi vida.

De Alfonso y de muchos otros maestros seguiré escribiendo, pero ahora dejo pendientes esos recuerdos para que la página no se enfade y se corte abruptamente, pues como la esperanza y la vida en los periódicos el espacio es finito aunque la memoria sea larga.

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